¿Sabéis
cuántas veces se enamora una adolescente a lo largo de su pubertad? Tantas que
ningún científico se atreve a estudiarlo. Un día adoran a aquél tímido
jovenzuelo que se esconde entre taquilla y taquilla y, al siguiente, suspiran
por cada bíceps del capitán de fútbol. ¿Incomprensible verdad? Sin embargo,
nadie dice nada ante tales contradicciones. Bueno si: "normal",
"Quién pudiera ser joven" o "Ojala volviera a mi
adolescencia". Palabras que componen frases cargadas de envidia sana ¿no?
Si añadimos miraditas tontas y torpes coqueteos, obtenemos un joven o una joven
sanos, equilibrados y envidiables.
Pero, ¿Y si jamás has sentido
esa chispa dentro de ti? ¿Y si las mariposas estomacales se marcharon por
tiempo indefinido? ¿Los besos? ¿Qué besos? ¿Los ojitos tiernos? ¿Qué es eso?
Así era mi vida, sí señor. Mis amigas locas por todos (casi) los chicos del
instituto y yo sin poder opinar. "¿Qué te parece ese?", decía Angie
cuando un chico jovial pasaba por nuestro lado. "Definitivamente no",
contestaba sin ganas.
Ningún muchacho había
cliqueado el botón mágico de encendido en mi corazón. Ni uno. Cada cuál era
encantador a su manera, una manera que no me convencía. Tampoco es que fuera
exigente, ni mucho menos, no obstante nadie me hacía ese "tilín" inesperado.
¡Busque hasta en Internet! No resultó.
Mi madre se preocupaba al no
traer un apuesto chico a casa. Angie, Robin y Lyne también. Organizaban citas a
ciegas, charlas amenas con familiares suyos (primos, hermanos...) y con
divertidos y agradables hombretones que avivaran esa pasión oculta tras mi
sonrisa postiza.
Su esfuerzo fue en vano,
claro. Al final lo dejaron correr y cuando mi gran momento llegara, tal vez
algún día no muy lejano, lo celebrarían por todo lo alto.
Por cierto, soy una
maleducada por no haberme presentado. Mi nombre es Violet y mi edad son los 15,
superando levemente el pavo, pero aún muy dentro de él. Estudio en el instituto
público de la ciudad y mi nota media es un 6. Odio lengua y la E.F. se me da
muy bien. Soy alta (1.75 m), con buena forma física (natación, tenis, atletismo...)
y el cabello corto y oscuro. Mis ojos son un poquito saltones, nada alarmante.
Color chocolate, comunes. Nariz con algún defectillo, pasable y labios suaves y
algo carnosos. Me gusta leer, hablar las 24 horas del día con alguien de suma
confianza y comer. Adoro comer. Mis hobbies son ordenar mi habitación y jugar
con la consola. En definitiva, una muchacha cordial, maja, sanísima y muy, muy
normal.
Entonces,
¿Por qué mi vida estaba marcada con la desdicha? ¿En otra vida fui mala? No
tengo ni la más remota idea, aunque espero que alguien venga a buscarme y me
encuentre, Dios mío, que me encuentre.
-Violet-gritó
mi madre sacándome de mi ensoñación-baja, Angie está aquí.
-Chachi-musité
y bajé las escaleras.
-¡Violet!-me abrazó y me dio dos besos.
-¡Violet!-me abrazó y me dio dos besos.
-¿Qué
ha ocurrido?-alcé una ceja y ella se desconcertó.
-Na…nada-tragó
saliva.
-¡Ja!
No me engañes.
-Vale,
vale ¿recuerdas a David? ¿Al bombón de chocolate con nata que conocí en aquél
chat?
-Um…una
vaga descripción.
-¡Me
ha pedido! Por supuesto, me he hecho la estrecha, pero le he dicho que si.
-¡Felicidades
Angie! No sabes la envidia que me das.
-Tampoco
es mi intención-murmuró enrojecida-y vayámonos ya o miss Harrison nos matará.
-Quizá
renacería y tendría mucha más suerte-suspiré.
-Coge
la mochila y ¡Come on!
Caminamos
sin apresurarnos, hablando durante todo el trayecto sobre su nuevo novio y las
cosas que deseaba hacer con él.
-Tal
vez sea el definitivo.
-¿Seguro?
Si tienes esa corazonada, es probable.
-Y
nos besaremos con pasión bajo las estrellas y haremos el amor en una cama de
agua-los ojos le brillaban.
-¿Cama
de agua? ¡Qué incomodidad!-reí y me mató con la mirada.
El
instituto apareció delante de las dos, marcando en punto. Corrimos desesperadas
por los eternos pasillos hasta llegar a la puerta de nuestra clase, que por
suerte aún seguía abierta.
-¡Yuppie!-dijo
Angie sin aliento-justo a tiempo.
-¿Seguras?-aquella
voz maligna nos puso derechas y nos sentamos en nuestros asientos.
-Hoy
tiene la regla-aseguró Angie-mírale la cara. Jamás he visto a una persona tan
amargada.
-¿Quieres
compartir el comentario con la clase, Angela?-la dura mirada de miss Harrison
te congelaba allá dónde estuvieses.
-No,
miss Harrison.
-Bien,
calladita estás mucho más guapa. Cambiando de tema, un jovencito nuevo acaba de
llegar a nuestro amado instituto-se pudo oír “vieja bruja” al fondo de la
clase-señor Mortimer, castigado después de clases. ¿Por dónde iba? ¡El
jovencito! –se levantó y abrió la puerta-pase, por favor.
Un
quinceañero entró detrás de miss Harrison, con las manos en los viejos tejanos,
con una camisa verde oliva sacada por fuera y el cabello castaño yendo a todas
direcciones. Y entonces un temblor, un leve rugido dentro de mi corazón muerto.
“Pum-pum, pum-pum”. Tan alborotado que creía desmayar y él se quedó en el
centro de la pizarra y abrió los ojos. Aquellos ojos que descubrían su
naturaleza. Aquél verde sobrenatural característico de su raza.
-¡Un
clon!-gritaron la mayoría de los alumnos-¿Qué diablos hace un clon aquí?
-¡Chicos,
calma, calma!-intentó tranquilizar miss Harrison a los rebeldes, sin resultado.
-¡No
queremos clones! ¡Fuera, fuera, fuera!-gritaron otros, haciendo bolas de papel.
Angie
puso mala cara (tampoco le entusiasmaban los clones) y no dije nada respecto a mi
alocado latido.
-¿Por
qué ha tenido que venir un clon? ¿Desde cuándo se les educa?-susurró
malhumorada.
-Quizá
sus dueños tengan mucho dinero, ¿no?
-¡No
debería estar aquí!-chilló, entremezclándose su voz con las quejas de los otros
compañeros.
-¡CALLAOS
O AL DESPACHO DEL DIRECTOR!-gritó encolerizada miss Harrison y todos callamos.
El clon caminó entre una fila de mesas, con todas las miradas de asco y odio
clavadas en su espalda y se sentó en un pupitre sin ocupante. En seguida todos
adelantaron las sillas para hacerle el vacío.
Clones...
¿que decir sobre ellos? La gente con problemas de salud se hacía clonar órganos
enfermos, que con los tratamientos básicos pasaban a ser
unos nuevos y sanos y así, podérselos cambiar, mas la gente que gozaba
de mayores beneficios, se clonaban enteramente para aprovechar en gran medida
todos los órganos, piel, sangre, etc. Estos quedaban recluidos en centros de
salud, donde mantenían una vida sin complicaciones y sin colesterol.
También
existían los clones de guerra. Muchas familias se permitían el lujo de
disfrutar de uno para no presentarse en filas. O simplemente, de esclavos en
fábricas, hogares, tiendas, etc.
Eran
desprestigiados por la sociedad y ninguna ley reconocía sus derechos, a pesar
de ser tan humano como cualquiera, excepto por aquél color de ojos y el código
de barras en la muñeca.
Se
crearon una serie de normas fundamentales para que los clones no se alzaran
contra sus dueños. No podía haber más de cuatro clones en un mismo lugar
durante más de diez minutos. Debían salir al exterior (si eran cuatro o más)
con compañía de un humano y se les negaba el derecho a establecerse
conyugalmente con otro clon y mantener una familia. Por supuesto, las
relaciones entre clones y humanos era un tema tabú que nadie mencionaba.
Miss
Harrison dio su clase con naturalidad, a pesar de las envenenadas miradas por
parte de todos hacia el nuevo alumno. Yo también me fijaba en él, no por sentir
un odio irracional a aquél ser callado y de aspecto lejano, sino porque mi
corazón gritaba su nombre aún desconocido y gozaba contemplar sus ojos de
esmeralda diáfana. “pum-pum, pum-pum, pum-pum”, repetidamente bajo mis
costillas, con la sangre bombardeando veloz entre mis venas, embriagando mi
mente.
¡Qué
tormento! ¡Y qué labios! Deseaba ser devorada por ellos, sin prisa, sin
descanso. Torturándome, besándome, acariciando mi alma para siempre. Que me
absorbiera con sus cuencas radiantes y me llevara lejos de allí.
La
clase terminó, demasiado pronto para aprender en mi memoria cada poro de su
piel.
Salió
disparado, dejando un rastro de su aroma en el aula. Se le cayó lo que parecía
ser un portamonedas al irse.
-¡No
lo cojas!-me advirtió Angie.
-¿Por?
Es suyo.
-Es
un clon, Violet. ¡Un detestable clon!
-Lo
sé, Angie. El monedero…
-Llévalo
a conserjería y punto. No te atrevas a mezclarte con chusma de su calaña.
-Está
bien, te espero en la siguiente clase-corrí un poco para alcanzarle, aunque
disimulando como si fuera al conserje.
No
estaba dispuesta a dejarle escapar tan fácilmente, y aún así le perdí de vista.
¿Dónde se escondería? Llegaría tarde a clase; mejor no asistir. Gracias al
cielo que miss Daisy era más comprensiva que la vieja víbora. Busque en el
gimnasio, el aula de biología hasta dar con él en la sala de música.
Se
hallaba sentado delante del piano, sin tocar, con las manos sobre su regazo.
-Perdona…-tosí
un poco y entré, despacio hasta ponerme a su nivel. Alzó la cabeza, con su
seriedad y no dijo nada.
-¿Esto
es tuyo?-le mostré aquél objeto de material industrial y lo cogió al acto.
Regresó a su postura y no hablo.
-Me
llamo Violet, compañera tuya. Encantada de conocerte-las palabras se ahogaron
en mi lengua y también me mantuve con la boca pegada. No quería interpretar un
monólogo.
Me
quedé allí como una estatua (o como una idiota, depende del punto de vista)
hasta que me sentí cohibida y decidí irme.
-No
eres persona de muchas palabras ¿eh? No pasa nada. Si necesitas algo, házmelo
saber. Adiós-me alejé y justo cuando cerré la puerta creí haber oído mi nombre.
Le miré por última vez y negué con la cabeza. Imaginaciones, solo eso.
Me
dejé caer por la enfermería y estuve allí hasta la hora de comer. Angie me
esperaba justo en la entrada, con una sonrisa brillante.
-¿Y
esa sonrisilla?-pregunté mientras la cola no avanzaba.
-¡Madison
ha hecho el ridículo!-dijo riendo-se ha caído espatarrada al suelo, con Charles
mirando.
Madison,
su enemiga desde la época prehistórica. Se odiaban a muerte y siempre se hacían
la vida imposible. Charles era el guapo, popular y cabeza hueca del capitán del
equipo de básquet.
-¡Hola
Angie! Bienvenida a la Tierra, tienes
novio-moví la mano en forma de saludo y ella hizo un mohín.
-David
no es nada serio. Para pasar el rato hasta conseguir a Charles.
-¡Esta
mañana no decías lo mismo!-refunfuñé con mala cara.
-Va,
Violet. De esta mañana a ahora han pasado tres horas. Es normal que cambié de
opinión. David no está mal, para pasar un bonito tiempo, claro.
-Jamás
te comprenderé-musité. Angie no hizo caso y clavaba su mirada a alguien que
acababa de entrar. El clon, alias el marginado. Todos lo escudriñaban,
masticando por acto reflejo.
-Maldito
clon-susurraron algunos-márchate de aquí, no eres bienvenido.
Los
comentarios no surgían el efecto ansiado, hasta que lo encontré a mi lado.
-Gracias-tiró
dos monedas a mi bandeja de la comida y me dio la espalda.
-¿Eh?-allí
estaba yo, mirando de hito a hito aquellas piezas de metal tan importantes-¡No
lo he hecho por dinero!-le grité y me puse cara a cara-toma.
-No
te hagas de rogar-y su voz penetró en mis oídos y rozó el frenesí oculto en mi
interior. Tan profunda, tan clara y directa-¿Quieres más?-me miró con desdén y
desapareció de la vista de todos.
Los
estudiantes hablaban entre murmullos demasiado sonoros y salí a volandas de
aquél sitio infectado.
Aún
faltaban tres horas y media para que las clases tocaran a su fin y poder salir
a respirar libertad.
-Las
doce y media-suspiré. Crucé los brazos sobre la mesa y hundí mi cabeza en
ellos, intentando dormir, aunque mi estomago devoraba el vacío.
Me
desperté sobresaltada cuando el agudo timbrazo que marcaba el final de la
comida azotó mi tímpano. Los alumnos fueron penetrando en el aula, hablando
demasiado fuerte para mi mente sin despejar. Saqué de la mochila el libro
correspondiente y lo abrí por la página que tocaba.
Otro
silencio notable a mí alrededor. El solitario había hecho acto de presencia y
la gente no lo pasaba por alto. Y así ocurrió lo mismo con las clases
siguientes, hasta que el mundo se calló al haber escapado su sujeto de burla y
desconfianza.
-¿El
lunes al final hay examen de francés o no?-preguntó Angie a la salida del instituto-¿Violet?
¿Sigues conmigo? ¡Hooola!-exclamó y di un pequeño salto, saliendo de mis
pensamientos.
-Perdona,
¿Qué has preguntado?-sonreí forzosamente y mantuve alejadas mis ensoñaciones.
-El
examen de francés, ¿Cuándo es?
-El
examen, el examen…Lunes, si.
-¿Qué
te ha ocurrido? Normalmente nunca te distraes en una conversación.
-No
me hallaba distraída. Pensaba en…bueno, en cosas-dije sin darle mucha
importancia y Angie se dio por satisfecha.
-¿Robin
va a tu casa hoy?
-Sí.
Lyne tiene dentista y me comentaste algo de la tienda…
-No
lo recuerdes. No hay nada peor que quedarse en una floristería un viernes por
la tarde-maldijo a sus padres por no escoger un trabajo más divertido y nos
despedimos a la mitad de camino.
Mi
madre me esperaba en casa con un bizcocho recién hecho que no tuve mucho
entusiasmo en degustar.
-¡Imposible!
¡Mi hija sin querer comer un trocito de mi especialidad!
-No
tengo apetito. Comí demasiado-mentí.
-¿Cómo
se llama?-sonrió picarona.
-¿Quién?
-Pues,
él…o ella, vaya. Sabes que soy muy liberal.
-Máma,
otra vez no. Sigue sin gustarme nadie-mordisqueé una galleta que había cogido
en la nevera.
-No
te preocupes, cariño, algún día, el día menos pensado, un príncipe cruzará una
puerta (o la calle o lo que sea) y tu corazón sabrá que es él.
-Y
que lo digas-murmuré y ella alzó una ceja-¡Robin no tardará en llegar, me voy a
la ducha!-balbuceé como si tuviera una lengua de trapo y subí las escaleras.
Una
ducha rápida de agua fría me dejó como nueva. Me encontraba despejada y con
energía, a pesar de no haber comido nada durante casi todo el día.
Robin
llegó puntual. Era la mayor de mis amigas (dos años mayor que yo, Angie y Lyne)
y sus padres eran unos de los hombres más progresistas de la ciudad. Sus ideas
progresistas les hicieron ganar enemigos. Luchaban por los derechos de los
clones. Robin creció junto a esas palabras fervientes palabras, creyendo
firmemente en esos ideales, sin despreciar a los clones (cosa que ponían a
Angie y a Lyne enfermas.). Me mantenía neutral respecto a ese asunto, sin dar
un paso definitivo.
-¡Violet!-sonrió
Robin cuando atravesó la puerta de mi habitación-¿Las otras dos?
-Lyne
en el dentista y Angie despachando a los clientes-contesté y nos sentamos en el
suelo, como siempre.
-Ayer
un grupo de gamberros de mente paleolítica maltrataron a una pobre clon. Les
espanté (Robin y su mal carácter cuando se enfada) y la ayudé. Ahora está en mi
casa. Sus “dueños”-hizo una mueca de horror y prosiguió-la abandonaron por tener
un defecto.
-¿Un
defecto?
-Necesita
gafas-suspiró indignada-maldita gente. Mis padres piensan en adoptarla. No
legalmente, claro, aún no han evolucionado bastante estos políticos.
-Vaya,
tendrías una hermanita. ¿Qué edad tiene?
-Tu
edad. Más mona y timidilla. La he llamado Dorothy, como una muñequita.
-¡Me
gustaría conocerla!-dije con sinceridad-tal vez un día podamos salir las tres
juntas.
-Tal
vez, si las personas que pasan por allí no nos matan por ello.
Pasamos
la tarde charlando sobre cotilleos banales y programas de televisión.
-¡Me
olvidaba! Hay un chico nuevo en mi clase.
-¡Anda!
¿Es guapo? ¿Cómo se llama? ¿Es pro o contra?
-Tranquila,
respira. Es bastante guapo, no sé su nombre y aquí viene lo mejor, es un clon.
-¿Un
clon? ¿En tu instituto? ¿Un clon?-repitió sin acabárselo de creer-¿Estás
segura?
-Los
ojos lo dicen todo-respondí con media risita al ver sus ojos iluminados.
-¡Al
fin un poco de desarrollo! ¡Un clon estudiando, magnifico! Debería conocerle y
hacer una campaña-exclamó ilusionada y casi se levantó saltando.
-Para
el carro, Robin. Te mandaría a la mierda en menos de lo que yo tardo en
chasquear los dedos.
-¿Por
qué? ¡Es un gran avance! Habría que demostrárselo a la sociedad corrupta que
forma nuestro planeta.
-Es
muy…callado. Lejano y solitario, si. Desconfiado-recordé las dos monedas que
aún mi mochila llevaba y me mordí el labio por la rabia.
-Después
del trato que recibe, no será el alma de la fiesta, precisamente-observó el
reloj de muñeca y su cara se transformó-¡mierda! Violet, si no te importa,
tengo que irme. Victoria (su prima) me espera para ir a comprar su nuevo coche.
-No
pasa nada. Me alegro que la noticia te haya puesto de buen humor-musité antes
de que se fuera. Nos dimos un abrazo rápido y se esfumó tras cerrar la puerta.
Las
ganas de salir al exterior se evaporaron antes de pensarlo y en casa quedaban
algunas labores del hogar de las que yo me ocupaba. Hacer la colada, pasar la
aspiradora y ordenar mi cuarto. Me puse manos a la obra, pero tardé poco y el
aburrimiento daba un paso hacia mí en cada segundo que pasaba.
-“Tic-tac,
tic-tac”-murmuré y agarré la mochila para hacer los deberes-¡qué vida más
perra!-un sonidito metálico rozó mis oídos y recogí aquellas relucientes
moneditas-el Lunes se las devuelvo-las deposité sobre la mesa y suspiré. Al fin
había conocido a alguien que encendiera mi llama, que hiciera latir mi corazón
con ansia y furia… ¿Por qué escogió un clon? ¿Un chico normal no era suficiente
bueno? ¿Y si…? Agité la cabeza con fuerza y archivé esos pensamientos locos.
Tema tabú, prohibido. Aunque…
-¡Cállate
ya, demonios! ¿No puedes dejarme tranquila?-le grité a mi cerebro y esté se
burló de mi con una imagen directa de él-¡vale, tu ganas! ¿Pero hacemos una
tregua, vale?
El
resto de la tarde estuve mirando cosas por Internet, perfilando algún
trabajillo sin importancia y sobre todo, pensando en cosas que jamás hubiera
imaginado.
Mi
madre trabajaba algunas veces de noche, cuidando a niños desperdigados por la
ciudad, hijos de amigos suyos que querían distraerse un rato, así que aquella
noche me hallaba en una profunda soledad. Y nada satisfacía mi aburrimiento.
Jugué a matar zombis (algo que siempre me entretenía). Perdí mi tiempo, aunque
eso era exactamente lo que ansiaba hacer.
En
otro lugar…
La
comida me sabía insípida, como toda mi vida. Hice algo de deporte para bajar
las calorías del almuerzo y me duché sin ganas.
Recordé
que necesitaba comprar algunos alimentos (leche, café, pan, fruta y algún
capricho) no obstante, los ojos asesinos con lo que siempre me miraba el
dependiente de la esquina me echaron para atrás.
Encendí
el televisor por pura rutina.
-“Noticia
de última hora, Dos clones han sido arrestados por mantener una relación. Las
autoridades…”-apagué con los dientes rechinando de la ira.
-¿Cómo
pueden arrestar a dos personas por expresar su amor?-tiré el mando sobre el
sofá y maldije a aquella terrible sociedad que nos oprimía, que nos trataba
peor que la basura a pesar de nacer de uno de sus genes. ¡Yo también respiro,
como, sudo y sangro…! ¿Acaso éramos tan diferentes? ¡Por supuesto que no!
Me
vestí con lo primero que surgió de mi armario y salí a dar una vuelta.
Un
parque cercano me sirvió de refugio para mis ideas más perversas. Se encontraba
solitario, con la luz de unas farolas iluminándolo todo, jugueteando con las
sombras que me observaban en reposo, queriendo que me uniera a ellas.
Me
senté en un banco escuchando atento el aliento del viento posándose sobre las
hojas y el frescor me provocaba una quietud serena poco habitual. Una libreta y
un bolígrafo me hubieran ido muy bien para plasmar las frases sin sentido que
volaban velozmente en mi mente, sin pausa.
Entonces
un murmullo me puso alerta. La voz de cuatro chavales, que soltaban maldiciones
respecto a mi gente. Me levanté sin hacerme notar, deseando evitar el problema,
pero me vieron y mis ojos no pasan inadvertidos. Corrieron hasta alcanzarme y
tuve que resignarme.
-Mirad
chicos, es nuestro día de suerte. ¡Un clon solitario! ¿Dónde está tu
dueño?-preguntó el más alto, con gafas de sol.
Giré
la cabeza y no pronuncié silaba alguna.
-¿El
gato te comió la lengua? ¡Sucio clon!-gritó otro.
-Calma,
calma o se irá. Menos darle a la lengua y más a los puños.
Casi
me libro de ellos mientras se distraían con su charla. Me atraparon, claro.
-¿Dónde
crees que vas, eh?-uno me empujó y la horda de insultos llegó a mis orejas,
acompañados de puñetazos, patadas y demás cosas que mi cuerpo se acostumbró
inmediatamente a recibir. Aquél dolor intenso que ya no sentía, porque mi dolor
no se hallaba en mi físicamente conmigo. Mi alma era la que aguantaba el peso
de ser rechazado constantemente, de no poder salir a la calle sin temer ser
pegado, de querer amar y bofetearme por ello.
Me
dejaron hecho caldo, no lo negaré. Aún podía caminar y mantener en pie, un gran
avance. Notaba la sangre en abundancia resbalando por mis labios y la quemazón
de un golpe en la cara.
¿Qué
debía hacer? Nada de ir a un hospital. ¡Jamás! Me culparían de la pelea y me
acabarían metiendo otra paliza. Lo único que alcanzaba a hacer era ir a casa,
desinfectarme las heridas y dormir, mi remedio para todos los males.
Justo
cuando iba a dar un paso, la chica del monedero se acercó a mí, con la
preocupación pintada en su rostro.
-He
visto la pelea, pero no sabía qué hacer y…-murmuró nerviosa y no dije nada. La
contemplé unos segundos mientras balbuceaba frases a medias.
-¿Te
acompaño al Hospital? ¿O prefieres venir a mi casa? Hice primeros auxilios en
unas colonias, quizá…
No
contesté. Ni tan siquiera continúe mirándola. Inicié la caminada hasta mi casa,
pasando por su lado sin rozarla.
-Metete
en tus asuntos-logré decir y seguí mi camino.
-“Metete
en tus asuntos”-repetí con dureza y apreté los puños, hasta hacerme daño con
las uñas. El eco de los pasos se volvió mucho más lejano hasta que por fin
desapareció por completo. ¿En mis asuntos? ¡Ya lo hacía! ¿No era malo ayudar a
un compañero de clase, no? ¡Solo quería ayudarle, maldita sea! ¡Sin pedir nada
a cambio, excepto un poco de su amistad!
Sus
palabras me hirieron, sin entender muy bien la razón. Una triste lágrima
recorrió mi mejilla en absoluto silencio y la borré de mi piel con el puño de
la camisa.
-¡No
llores boba! ¡Si no quiere mi ayuda, ya se las apañará!-susurré, pero no
conseguía tranquilizarme. ¿Por qué me hicieron tanto mal aquellas simples
palabras? También estaba conmocionada por la dura paliza que se había dejado
dar, sin tan siquiera levantar los puños. ¿Por qué no se defendió? ¿Qué más da
si era o no un clon? Y sobre todo, ¿Por qué me importaba tanto lo que le
ocurriera?
El
frío viento me despertó y corrí para llegar a casa lo antes posible ¿Y si no
hubiera decidido salir e ir a ese parque? ¿Y si no hubiera visto nada de lo
sucedido? ¿Estaría igual? ¿Seguiría con mi vida de adolescente sin amor? ¿Mi
corazón dejaría de latir tan incansablemente cuando él estuviera a mi lado?
Y con
todas esas preguntas corrí, corrí como si me fuera la vida en ello.
El
domingo pasó rápido, empleando mi tiempo limitado a hacer aburridos deberes de
lengua y estudiar francés.
-acquis, compris, dû, ouvert…c’est fini!-lancé los apuntes al suelo
en un ataque de alegría y los recogí antes de que se entremezclaran.
La
profesora, mademoiselle
Leveque era una ancianita encantadora, con unas ideas bastante conservadoras.
Preferí no darle rienda suelta a un hipotético enfrentamiento con el chico de
ojos sobrenaturales (¡antipático engreído!) y repasé por última vez los verbos
irregulares.
Mi
madre me despertó, con la más absoluta rutina. Preparó café con leche y unos
croissants deliciosos.
-Quién
pudiera ser joven-sorbió de su taza y sonrió-yo a tu edad…-se mordió la lengua
y cambió radicalmente de tema, algo que me sorprendió, pero no le di mucha
importancia. A mi madre no le agradaba hablar sobre su vida anterior, antes de
conocer a mi difunto padre.
-Me
marchó-deposité los objetos sucios en el lavavajillas y agarré la mochila.
Los
Lunes Angie no venía a buscarme, quedábamos a mitad de camino. Su padre la
obligaba a abrir la tienda ese día y a recoger las plantas nuevas que llegaban
aquella mañana.
-¡Violet!-me
saludó radiante y sin quejarse sobre su dura tarea matinal (típico de los
Lunes).
-¡Qué
felicidad!-murmuré y ella me cogió de la mano, para ir así hasta el instituto.
-¡David
es un encanto! ¡Uno de verdad! Ni siquiera me besó. Se despidió de mí dándome
dos besos. ¡Más cortés!
-¿Ahora
si te interesa David?-suspiré ante los cambios de opinión constantes de mi
amiga.
-¡Sí!
Te cuento. Paseamos por la Gran Avenida, hablando sobre cosas triviales, sin
rozarnos. Después nos adentramos en una cafetería muy elegante, con un té con
leche exquisito. Pagó él, algo que ganó a su favor. Salimos de allí y me
aconsejó sobre un par de camisetas que vi en una tienda en liquidación. Eligió
la más sencilla y modesta, la discreta. Otro punto en su lista. Al llegar a mi casa, me dio dos besos y se
marchó. ¡Me encanta! Es tímido y galante, de los que quedan muy pocos-concluyó
con una sonrisita picara en sus labios.
-Ya
veo. Menuda suerte, ¿no? Podrías olvidar a Charles…ya sabes, rápido y hueco.
-Tienes
toda la razón del universo, Violet, pero piensa que llevo coladita por él desde
primaria. Algo así cuesta olvidar-el brillo de sus ojos se esfumó y la
nostalgia le cambió el rostro.
-Quizá
el destino haya puesto a David en tu itinerario para que sepas superar ese amor
de niñez.
Tocaba
matemáticas a primera hora (¡Vaya forma de empezar la semana!), pero el
profesor a cargo no se presentó y tuvimos una hora para repasar profundamente
el examen de francés, después de esa asignatura.
Por
suerte de algunos (y para mi completa desgracia) Don punto de mira no se
presentó a esa hora. Anhelaba devolverle aquellas dos monedas con toda la
serenidad que me fuera posible, una cosa que probablemente no ocurriría.
Para
cuando todo el mundo estaba dispuesto aquí y allá para comenzar el examen,
apareció como un fantasma, casi sin levantar los pies del suelo y la cara
limpia de sangre, sin embargo, aún un poco hinchada.
Mademoiselle Leveque se hallaba ya en
clase, apuntito de repartirlos, y una mirada inquisidora atravesó el cuerpo del
joven, que no se inmutó.
- Pourquoi est
en retard?-preguntó su vocecita débil que se tornó dura.
- pourquoi
j'ai dormi-respondió este con una perfecta entonación.
-¿Dormido?-se
acarició la barbilla y dejó ir un suspiró de desaprobación-malditos clones
indecentes-murmuró-deberían estar todos encerrados en jaulas, como animales que
son.
Él respiró
profundamente, para intentar controlar su cuerpo que ahora temblaba por pura
ira. La chispa de sus ojos se desvaneció lentamente y se largo de clase dando
un buen portazo.
-¡Maleducado!-exclamó
la viejecita, que ahora no me parecía tan encantadora, y los otros alumnos la
apoyaron-¡bueno, jovencitos, silencio! El examen empieza ya-puso en marcha el
cronometro de su reloj de pulsera y comenzamos.
Una vez
finalizado y depositado encima de la mesa, con cuidado, salí de clase
escopeteada para encontrar a aquél ser despreciado incluso por profesores.
-Otra vez lo
estoy buscando-me dije-¡aparento su perrito faldero!-aquello me puso aún de más
mal humor y meneé la cabeza. Al fin le topé con él en el gimnasio. Su furia se
manifestaba en cada puñetazo que el saco recibía, sin culpa, sin pena. Entré
sin hacer ruido y creo que no me oyó, y, si lo hizo, no me prestó atención.
Maldecía a
todos los humanos vivientes que odiaban a seres nacidos de ellos, a toda esa
basura de sociedad que no acepta la gente diferente por miedo a ser apaleada.
Su cabello
de cedro resplandecía ante el sol que penetraba por las ventanas y su rostro se
tensaba al golpear al trozo textil relleno de algún tipo de material que no era
exactamente arena.
-¡Malditos
seáis todos!-gritó con energía y el saco acogió su última patada. Jadeaba por
el esfuerzo y el sudor le caía desde la frente hasta la barbilla.
Al cabo de
unos minutos se dio cuenta de mi existencia, no obstante, ni me dirigió una
triste palabra. Se quitó la camiseta y la tiró al suelo. Inició unos ataques
más contra el pesado objeto y desistió. Mi corazón palpitó con ansiedad,
transportando sangre a gran velocidad. Sentí el rubor en mis mejillas y giré la
cabeza. ¡Solo faltaría que me viera en aquella situación!
Desistió en
poco tiempo y el timbrazo general dio comienzo a la nueva tarea. Ni me inmute.
¿Por qué al tiempo no le apetecía pararse unos instantes, uno insignificantes
segundos? Me mordí el labio mientras el “pum-pum” arrebatador se llevaba una
parte de mí.
Se colocó la
camiseta y se acercó dónde estaba yo, sin cambiar la expresión neutra de su
cara. Se cruzó de brazos, esperando a que hablara.
-He venido a
devolverte lo del viernes-musité y saqué dos monedas impecables que brillaron
con el sol-no lo quiero.
-Yo
tampoco-sentenció y sin articular ninguna palabra más, me dio la espalda y se
evaporó del lugar.
Otra vez me
abofeteó con su indiferencia y me sentí humillada. Las lágrimas ambicionaban
ser mis nuevas compañeras, pero las guardé en mi interior, en lo más profundo
de mi alma.
Después
de una comida sin sabor y unos cuantos cotilleos por parte de Angie, subimos
para seguir con las clases. Mis ánimos se hallaban al 0% y arrastraba los pies,
o más bien, ellos me arrastraban a mí.
Para
la fortuna de todos mis compañeros, desapareció, se esfumó como el humo frente
al viento. Aquello, sin duda, me deprimió un poco más (si era posible, claro).
Las
clases transcurrieron con normalidad, es decir, aburridas y sin fundamento. Tan
sosas como la primera vez que entras en ese manicomio llamado instituto.
El
timbre marcó el final de una desgracia personal y me marché casi volando de
aquella zona sin vida. Ni las risas de los pasillos ni la voz aguda de Angie me
hicieron sentirme mejor. Tocada y hundida.
-¡Violet,
Violet!-gritó Angie con desesperación y musité algo inteligible-¡Dios Santo!
¿Qué diablos te ocurre?
-¿A
mí? Nada. Estoy cansada, solo eso.
-Prefiero
no saber cómo te encontrarás el viernes. ¿Lyne va a practicar?
-¿Es
Lunes verdad? Entonces sí, vendrá.
Mi
madre le daba clases de piano cada Lunes, como un refuerzo para su auténtica
clase de música.
-Hoy
creo que hacíamos un dueto-dije cuando la idea me vino a la cabeza.
-¡Qué
guay! Quizá pueda pasarme. Lyne llega a las 5 p.m. ¿no?
-En
punto-le guiñé un ojo y nos despedimos con un momentáneo abrazo.
El
pasaje hasta cada me resultó angustioso y pesado. Daba demasiadas vueltas a la
cabeza al asunto de alguien que no merecía la pena.
La
buenaza de mi madre me esperaba en el salón, viendo su telenovela favorita.
-“¡Richard,
no! Nuestro amor es pecado…”-pude oír nada más abrir la puerta.
-¡Hija!
¡Qué cara tan desastrosa! ¿Ha ocurrido algo, cariño?-se levantó ipso facto y me
observó.
-Últimamente
duermo mal. Los nervios antes de
exámenes-concluí y ella alzó una ceja, insatisfecha.
-El
fin de semana (sobre todo el domingo) comiste como un pajarito. ¡Ni probaste mi
bizcocho! Con lo que te encanta comer…-murmuró abstraída y se dirigió al
teléfono.
-¡Mama!
Llamar al Doctor Beckett no es la solución. ¿Hay sandía? ¿O algo dulce? Me
acaba de entrar un hambre…-mentí para que depositara el teléfono y asintió
contenta.
-Dúchate.
Voy a hacerte unas crepes de chocolate-sacudió las manos en acto de victoria y
penetró en la cocina.
Una camiseta
de manga corta y un pantalón fresco me ayudaría a pasar el calor sofocante
propio del calentamiento global. Mis ganas efusivas del dueto con Lyne se
evaporaron mucho antes de entrar en la ducha. No me molesté en abrir el agua
caliente. El gélido líquido me despertó y me hizo sentir algo mejor. Me peiné
sin darle importancia a los cabellos alborotados y bajé.
El
olor a dulce se estampó contra mi nariz y unas nauseas se acercaron a darme la
bienvenida. En la cocina empeoraron. La empalagosidad del chocolate me hizo
cavilar hacia atrás y el vomito me rozaba la garganta.
-¡Violet!
¿Te encuentras bien?
-Un
poco mareada. Me he duchado con agua fría y el cambio de temperatura…
-Um…bueno.
Siéntate y come.
Seguí
su indicación y tragué las crepes sin masticarlas, intentando que no rozaran
con la lengua. Justo cuando me faltaba una Lyne (las 5 p.m.) picaron.
-Yo
abro-dije precipitadamente y me lancé de lleno a la puerta.
-¡Hello!-dos
besos y una sonrisita de su parte.
-Pasa,
pasa. Acomódate-cerré y Lyne fue directa al piano.
-He
ensayado mucho-le aseguró a mi madre-la profe está sorprendida conmigo.
-Perfecto,
pero ahora menos cháchara y más practicar.
Lyne
respiró hondo y una suave melodía se instaló en la habitación. Mi madre atenta
a cada nota, movía la mano al compás del sonido.
La
butaca me saludó antes de caer en ella y escuché el ritmo, en silencio. No nací
con un oído absoluto, como mama, sin embargo, al hacer también música entendía
de qué iba el tema.
Lyne,
concentrada, con su rostro serio colmado de dulzura, liberaba su estrés, su
amargura y los malos augurios de su alrededor. Una jovencita agradable, sin
duda, algo masculina y pasota. Le encantaban los helados (en cualquier época) y
los chicos un poco más mayores que ella. Su cabello de ébano resplandecía con
el sol y sus ojos azules y curiosos, te describía exactamente lo que pensaba.
El
deporte le interesaba (como a mí), no obstante, la música era lo más importante
para Lyne. Sus padres y profesores le prometieron un futuro espectacular. “La
nueva promesa del siglo XXI”, le dijeron y repitieron durante toda su infancia.
No se
lo creyó del todo, aunque mi madre le explicaba miles de veces la razón que
guardaban aquellas palabras. Confiaban en su progreso y si fallaba, su vida se
acababa. Así de sencillo. Lyne lo asumió sin problemas, cargando con esa enorme
responsabilidad en su espalda.
La
pieza terminó y me invitaron a pillar el violín.
-Yo
no he ensayado tanto, Lyne-me avergoncé ante tal verdad y ella sonrió.
-¡Será
divertido! Nuestro primero dueto.
Contamos
hasta tres y empezamos a transmitir aquella tierna melodía. Cuando el violín
caía sobre mis manos consideraba que era capaz de todo. Una superheroína en
acción que se transformaba con la música.
Abrí
los ojos mientras acariciaba las cuerdas en el último compás y dejé el violín
en su sitio.
-¡Lyne!-exclamó
una voz familiar. Angie ya había llegado.
-¡Angie!
¡Cuánto tiempo!-se abrazaron y se dieron dos besos.
-El
dueto ha sido maravilloso. Se me ha puesto la piel de gallina-mostró el brazo
para confirmarlo.
-Excelente-dijo
mi madre-tienes el resto de la tarde libre.
-¿En
serio, Lorianne?-preguntó Lyne sorprendida. Mi madre era muy estricta con sus
clases.
-Hace
tiempo que no os veis. Hoy haré la vista gorda, pero la semana que viene te
espera sesión doble-le advirtió y Lyne se sintió maravillada.
-¡Yupie!
¡Va, Violet! Vamos a tu jardín. Hace un calor insoportable-propuso Angie y las
tres nos adentramos al espacio con hierba fresca y sol cegador.
Traje
algo para picar y unos batidos refrescantes para combatir el calor. Lyne y
Angie charlaban largo y tendido sobre las cosas inusuales de las dos últimas
semanas y yo contemplaba mis uñas sin interés.
El tema fue dirigiéndose hacia un territorio que no me beneficiaba demasiado.
-¡Y
lo peor de todo es que ahora han colado un clon en nuestra clase con todo el
morro!-soltó un bufido de desaprobación y Lyne se llevó las manos a la cabeza.
-¿Qué
dices? ¿Y eso? ¿Un clon en un instituto? El mundo va cada día a peor-Angie
asintió y percibí las miradas de ambas puestas en mi persona-¿Tu qué opinas?
-Ya
sabéis que me mantengo neutral en ese tema, chicas.
-Pero
digo yo que alguna cosa opinaras-musitó Lyne escudriñándome con aquellos ojos
curiosos.
-No
negaré que es un borde repelente y un engreído-¿solo eso? Debí añadir más-sin
embargo, tampoco creo que sea malo. Mientras no moleste en mis estudios, me
dará exactamente igual-¿igual? ¿Realmente me daba igual?
-Los
clones deberían estar recluidos en un mismo sitio, sin salir. Todo sería mucho
más fácil-Lyne le dio la razón y yo me mordí el labio, dispuesta a defender al
pobre repelente que me tocó como compañero.
Al
fin pude desviar la conversación hacia otra banda y el ambiente se relajó. Las
despedí cuando se hizo tarde y me obligué a hacer los pocos deberes apuntados
en mi austera agenda. Recordé que al día siguiente el profesor de
experimentales nos pondría el trabajo de la semana y aquello me puso de muy
malhumor.
Ordené
las fotocopias para el dossier de tecnología y el reloj marcó la hora para
acostarse. Mi estomago continuaba cerrado y las nauseas no se fueron del todo,
por lo tanto no bajé a cenar. Mi madre estaba haciendo de canguro a la vecina,
una señora encantadora con unos hijos angelicales.
El
pijama se acomodó en mi piel y dormí de un tirón hasta que sonó el despertador.
Otro nuevo día, otra nueva rutina.
Desayuné
algo de fruta y me marché casi corriendo de mi propia casa, con la mirada
inquisidora de mi madre clavada en mi espalda.
Angie
me envió un sms, contándome que su madre se encontraba fatal y se tenía que
encargar de la tienda mientras su padre la llevaba al médico.
-¡Bien!-refunfuñé-hoy
voy a estar más sola que la una.
La
primera hora de la mañana (informática) pasó sin que me diera cuenta. Tal vez
porque mi simpático amigo no se molestó en ir, aunque a la hora siguiente ya
estaba en clase, sentado en su pupitre. Gesto indiferente y ojos atentos a
cualquier acto de violencia por parte de unos compañeros no muy majos.
El
profesor de ciencias, Billy a secas, era un obseso de los números y siempre
transmitía su pasión al resto del alumnado. Para mi eran las clases más
entretenidas y también, las más complicadas. Paso lista hasta encontrarse con
un nombre que no reconocía.
-¿Leo?
¿Leo Waldorf?-el chico del último pupitre levantó la mano y Billy le
memorizó-¿eres nuevo?
-Sí-respondió
secamente.
-Bienvenido
a nuestro centro. ¡Me alegro de tenerte aquí! Quizá haya alguien que pille mis
chistes ingeniosos.
¿Así
que Leo, eh? Me pareció un buen nombre para él. Masculino, con cierto aire
salvaje. Tal vez no reflejaba su parte más borde, no obstante, me encantó nada
más escucharlo.
-Hoy,
como bien sabéis, os mando el trabajo de trimestre que tanto os gusta-un gran
“ohhh” se oyó por toda la clase-lo sé, lo sé. Os encanta. Bien, pasaré a decir
las parejas.
Hasta
entonces fuimos impares, por lo tanto siempre existía un grupito de tres. Con
la llegada de Leo cambió la cosa y mis compañeros temían por si les tocaba a
alguno de ellos con el infectado.
-…Y
Violet con Leo-concluyó Billy cerrando la libreta con la lista de clase.
-¿Perdón?-musité
y la sangre me bajó a los pies.
-Violet
con Leo-se acercó a mí-eres mi mejor alumna y él es nuevo. Enséñale todo lo que
puedas-me guiñó un ojo y comenzó con la clase. Giré el pescuezo para vislumbrar
la cara de Leo y no me agradó demasiado lo que vi. Sus ojos me observaban con
asco, rabia y chulería al mismo tiempo. Sonreí inocentemente y tragué saliva.
-La
que me espera-pensé.
Todos
se compadecieron de mí. Me alegré, en parte, de que Angie no hubiera asistido
ese día a clase. No quería ni imaginar el espectáculo que le hubiese montado al
profesor para cambiarme de pareja.
Nos
informaron que el profesor de Historia se hallaba indispuesto y la clase se
transformó en una hora más junto a la comida.
Dos
horas en la más completa soledad. No significaba que me llevara mal con los de
clase, en realidad, me caían muy bien, pero no simpatizaba demasiado con
ninguno en particular. Angie y yo andábamos persistentemente solas, sin otra
compañía que la nuestra.
El
patio de atrás, alias mi rincón (y de Angie) perfecto para hacer campana, me
acogió con los brazos abiertos. Me tumbé en el colchón de hierba y jugueteé con
ella entre mis dedos. El fresco aroma del rocío penetró en mis fosas nasales y
una relajación inminente acarició cada poro existente de mi piel.
Unos
pasos hicieron que saliera de mi relax. Me apoyé sobre mis antebrazos para
detectar al intruso y mis ojos toparon con alguien no grato.
-Veo
que está ocupado-musitó y se dio la vuelta para irse. Logré atraparle.
-¡Espera!-las
manos me temblaban y mis mejillas escocían. Me puse de forma más o menos
distinguida y crucé los brazos-se que no te gusto y me da igual. También temo
decirte que soy tu pareja en el trabajo trimestral de experimentales y quieras
o no, vamos a tener que quedar para hacerlo. Así que confío en que podamos
llevarnos bien.
Palpé
su mirada de desdén y una cierta mueca que enunciaba “¿Qué dice está loca?”. Ni
me turbé. Concentré mi furia en mis ojos y por primera vez en mi vida deseé que
las miradas mataran.
-Pues
muy bien-soltó de pronto-¿quedamos?
-¿Eh?-me
despistó su absoluta indiferencia-¿hoy?
-Hoy-bufó
y asentí-a las 5:30 p.m.-murmuró y ahora si tenía intención de irse.
-¿Dónde?-logré
gritar.
-En
tu casa-se alejó con los bolsillos en los pantalones y silbando una vieja canción
de una peli de terror. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
-¿Cómo
sabe él mi dirección?-me rasqué la cabeza y suspiré. Darle vueltas no era la
solución.
Mi
estomago rugió sin tregua y fui a la cafetería. Mi mente no parecía darse
cuenta del hambre presente en mi sistema
digestivo. Pillé un sándwich de queso y jamón y una lata de café con leche. El
manto verdoso me recibió otra vez y zampé con la mayor tranquilidad que el
ambiente me ofrecía. El brebaje me calentó más de lo debido y tuve algo más de
calor.
-Me
pregunto cuándo nos dejarán ponernos el uniforme de verano-tragué el último
trozo y me acabé la bebida. Sólo faltaban dos horas para que el instituto diera
su timbrazo final (los martes teníamos tutoría a última hora, sin embargo, la
vaguería de un tutor no muy ilusionado con la materia hacía que volviéramos una
hora antes a casa).
-Nada
más llegar a casa debo ducharme y vestirme con algo bonito. Después, tal vez,
hacerme otro tipo de peinado y…-me paré un instante, contemplando aquellas
absurdas ideas-¿Qué importa que venga Leo? En fin, por un día que me quiero
poner guapa…-mi cerebro se rió de mí y mi corazón contestó con un latido
apresurado. De acuerdo, era por la visita de Leo que anhelaba ser un poco más hermosa,
pero jamás lo reconocería en voz alta.
Tras
acabar mi larga jornada de duro trabajo mental me apresuré para llegar a casa
cuanto antes. Durante todo el largo recorrido pensé en posibles conjuntos
inocentes que me daban el toque que buscaba y el maquillaje que debía utilizar
para no imitar a una buscona.
-¡Bienvenida
a casa!-dijo mi madre cuando llegué y me escurrí como una anguila hacía mi
habitación-¿Violet?
-Em…-bajé
las escaleras-hola mama. Iba a la ducha…
-¿Y
esas prisas?-su ceja amenazadora se levantó y no tuve más remedio que explicarle
que sucedía.
-Hoy
viene un chico a casa a hacer un trabajo-sus ojos se sorprendieron-no pienses
nada raro. Es solo un compañero.
-Ya,
claro. Por supuesto-rió por lo bajini-un compañero. Las prisas son debidas a
tus ganas de meterte bajo el agua-murmuró con ironía.
-¡Mama!-maldije
su mente perversa, a pesar de estar en lo cierto-también tengo que advertirte
de algo. Es…es un clon-al principio no soltó palabra, pero su rostro se
contrajo.
-¿Un…clon?
¿En el instituto? ¿Desde…?
-Desde
el Viernes. Se amable, por favor-le pedí y ella asintió.
-Sabes
que no tengo nada en contra-y era cierto. También era neutral en ese tema-seré
amable, sin embargo, Violet, no creo que sea un chico adecuado. La
prohibición…-la preocupación asomó en su rostro.
-No
soy tan tonta. Solo pretendo ser amiga suya, punto. Lo pasa mal en el instituto
y…
-Entiendo.
Siempre tan buena-sonrió y dejó que me fuera a la ducha.
¡Estuve
media hora indagando en mi armario hasta encontrar lo que ansiaba! Me duché con
prisas e intenté alisarme el cabello. El resultado no quedó mal del todo.
Apliqué una fina base de maquillaje a mi cara con el acné propio de la
adolescencia y pasé un poco de brillo rosa por mis carnosos labios.
-¡Estupendo!
He dado en el clavo-la imagen de mi espejo me devolvió el guiño y el sonido del
timbre alcanzó mis oídos.
Mientras
mi madre abría la puerta y yo me hacía de rogar, cavilé en las palabras de mi
progenitora. “No creo que sea un chico adecuado. La prohibición…”. Bufé y me
negué a mi misma cualquier rastro de afecto hacía aquél ser. Un clon y un
humano no pueden mantener una relación estable y lo sabía muy bien, entonces,
¿Por qué la ropa? ¿Por qué mi afán de que considerara que estaba preciosa? Un
estremecimiento sacudió mi cuerpo y agité la cabeza. Solo amigos, nada más.
En el
pie de la escalera aprecié su fisonomía. Sus ojos relucientes con aquél brillo
de un verde poco corriente, su nariz recta y simétrica tan racionalista, sus
labios carnosos que escondían unas perlas colocadas con cuidado en sus encías.
Otro vuelco que mi corazón no supo acoger y mis labios musitaron su nombre con
cuidado.
-Leo…-levantó
la cabeza al oír su nombre y refunfuñó con hostilidad.
-Ei-dijo
secamente y le hice un gesto para que subiera. Subió las escaleras detrás de
mí.
-En
el despacho estaremos más cómodos-entró y comenzó a mirar la serie de libros
dispuestos en las estanterías.
-Tienes
libros interesantes-cogió uno y miró la portada-nunca pensé que tuvieras libros
anarquistas.
-¿Los
tengo?-fue una pregunta dirigida a mí fuero interno, pero él señaló el libro de
sus manos-vaya, ni idea. ¿Cómo sabes que es anarquista?
-Me
lo he leído-me quedé atónita. ¿Qué hacía un clon de quince años leyendo libros
de ideología anarquista?-bueno, empecemos con el trabajo. Querrás irte lo antes
posible ¿o me equivoco?
-No,
no lo haces-su sonrisa irónica me apaleó y me senté indignada frente al
ordenador.
-¿Sabes
algo sobre moléculas y átomos?-pregunté temiendo la breve respuesta de un “no”.
-Bastante-dijo
secamente, como no, y otra sonrisita prepotente se manifestó en sus labios. Oh,
realmente se lo estaba pasando genial dejándome en ridículo.
Comenzamos
el trabajo en silencio, buscando información en internet y algunos libros de mi
pequeña biblioteca familiar. La mayoría los escogía Leo, alegando que eran los
únicos libros sobre química que merecían la pena. No cabe añadir que el
trabajito trimestral prácticamente lo hizo él solito, cambiándome frases por
ser incoherentes y resolviendo problemas que ni yo entendía.
-Y
esto es todo-concluyó cuando avanzamos más de media faena.
-Bueno,
pues ya quedaremos otro día para terminarlo-refunfuñé.
-Cuanto
antes mejor-colocó los libros en los estantes, en orden alfabético.
-No
te molestes, puedo hacerlo más tarde.
-Me
gusta ordenar-dijo con simplicidad.
-Está
bien, como gustes. ¿Algo de beber?
-¿Ahora
que me largo?-su voz sonaba antipática y descarada.
-¿Por
qué eres tan…borde?-musité sin atreverme a mirarle a los ojos.
Oí la
puerta cerrarse de golpe y elevé la vista. Se marchó sin comentar nada, como si
mi pregunta hubiera estado formulada al aire. Aquello golpeó con más fuerza a
la poca dignidad que guardé durante toda la tarde. Abrí la puerta de un tirón,
bajé las escaleras rozándolas y le cogí justo a tiempo.
-¿Sabes
que eres un engreído de mierda?-toda la ira contenida explotó por mi
boca-¿Dónde te enseñaron educación?-me repasó en una fulminante ojeada y volvió
a sonreír-¡Quieres dejar de sonreír de esa forma, me pones enferma!
-¿En
serio?-ensanchó aún más el gesto y salió de mi casa, cerrando la puerta
principal en todas mis narices y abandonándome con la palabra en la boca.
-¡Gilipollas!-grité
exasperada y mi matrona se sé exteriorizó desde la cocina.
-¿Violet?
¿Qué ocurre?
-¡NADA!-subí
las escaleras haciendo el mayor ruido posible y penetré en mi habitación-¡Estúpido
niñato de mierda!-era una persona pacifica, muy calmada, pero ese engendro hizo
que se me pusieran los nervios a flor de piel.
Pateé
la pared sin éxito (me hice daño en un dedo del pie) y me tumbé sobre el suelo,
indignada. ¿Qué se creía? ¿El Rey del Olimpo? Me eché las manos a la cabeza y
maldije toda su existencia y después a mí misma, por ser tan idiota, por
haberme arreglado tanto y creer que él se fijaría en alguien como yo. Me
aguanté las lágrimas que me ardían en el lagrimal y golpeé la pared una última
vez.
-Me
está bien empleado, por tratar romper las normas-me quedé parada ante la frase
que brotó de mi garganta y me tapé la cara con mis manos. ¿Realmente pensé
en…en…? Suspiré avergonzada y deposité la idea lejos de mi mente, aspirando a
engañarme.
Despeiné
mi cabello para que retornara a su estado original y me envolví en mi pijama de
verano. El atardecer cubrió de rojo mi habitación y supe por mi estomago
(acostumbrado a una rutina) que no quedaba mucho para la cena. Para hacer
tiempo, leí el periódico en el salón, mientras mi madre cocinaba el menú de los
Lunes.
-“Clon
arrestado por llevar la contraria a su amo”-leí en la noticia que ocupaba la
portada-¿Nunca se cansan de arrestar a clones?
-¡La
cena está en la mesa!-me llamó mi madre y lancé el diario sobre el sofá.
-¡Cuéntame
ahora mismo que ha pasado!-directa y al grano, como cualquier madre.
-Nada-intenté
sonar indiferente pero no coló.
-Señora
Cassin-cuando mi madre empleaba el apellido ya podía temblar el mundo-tanto
usted como yo sabemos que eso es falso, así que, por favor, explíqueme los
hechos.
-Bien,
Señora Cassin-respondí usando el mismo tono educado-resulta que el Señor
Waldorf-refiriendome a Leo por su apellido-es un engreído prepotente que va de
listo-ultimé y mordí mi cena.
-¿Waldorf?
¿Se apellida Waldorf?-mi madre no cabía en su asombro.
-Sí,
¿Qué ocurre?
-¿No
sabes quién es Benjamin Spencer Waldorf?-la miré y negué con la cabeza-¡era uno
de los hombres más poderosos de todo el continente, Violet!
-¿Ah,
sí? ¿Era?-musité y ella suspiró ante mi falta de saberes.
-Murió
hará cosa de unos meses, no recuerdo bien. Por favor, Violet, las noticias
estuvieron hablando de su muerte durante un mes.
-Yo
que sé, mama, no veo la tele a menudo.
-¿Por
qué ese clon se apellida Waldorf? Si fuera el clon de Waldorf, lo hubiera
utilizado para salvarse, como es lógico. Es más, ¿por qué un clon tiene
apellido?
Esa
idea cayó como un yunque en mis razonamientos. Los clones no tenían apellido,
de ningún modo. Eran un número de serie y como mucho los dueños les ponían
nombre para identificarlos mejor.
-No
lo sé. También resulta raro que venga al instituto y encima, lea libros
anarquistas y sepa un montón de química-añadí y ella me observó patidifusa.
-¿Libros
anarquistas? ¿Química?
-En
la pequeña biblioteca hay libros anarquistas que él dice haber leído. Y en el
trabajo de esta tarde, de química, ha respondido a problemas que ni yo
entendía, y eso que soy la primera esa clase.
-Interesante-no
supo articular ninguna palabra más y cenamos en silencio, sopesando toda la
información que compartimos.
Fregué
los platos distraída, le di dos besos a mi madre y me acosté con un dolor de
tripa que surgió de repente, sin previo aviso. La visita de cada mes no
tardaría en hacer acto de presencia.
A la
mañana siguiente no me sentí mejor. El malestar se hizo más intenso y aquél día
me quedé en la cama, desmejorada.
Aproveché
el día para acabar los deberes de Lengua y repasé para el examen de Historia
que no tardaría mucho en poner. Comí algo a media mañana, sin ganas y me tomé
la pastilla para calmar los pinchazos.
Me
sentí mejor a media tarde, justo cuando Robin me llamó para verificar si estaba
libre.
-Hoy
no he ido-contesté al móvil-ya sabes, la señora roja.
-¡Maldita
sea siempre! ¿Te encuentras mejor, cariño?
-Muchísimo
mejor. Me he tomado mi “droga” y ahora estoy llena de energía-afirmé y Robin
abandonó la preocupación.
-Entonces,
¿te apetece quedar con Dorothy y conmigo dentro de media hora? En el centro, ya
sabes.
-¿Media
hora?-calculé el tiempo y confirmé la cita. Colgué y examiné mi armario en
busca de algo cómodo e informal.
Robin
y Dorothy ya se hallaban en el sitio indicado y alcé la mano para saludarlas.
-Violet,
te presento a Dorothy, mi hermanita-nos dimos un apretón e intercambiamos
sonrisas.
Una
chica preciosa, sin duda. Cada redondita, con restos de niñez y unos ojos
expresivos de verde sobrenatural. Su cabello abundante de un color tan bonito
como las espigas en verano se recogía en dos coletas que le daban un aire más
infantil, junto con sus pecas. Su vestido verde resaltaba con sus cuencas del
mismo tono.
-¡Robin
me ha hablado mucho de ti!-dijo alegre-me contó que hay un clon en tu
instituto.
-Si-murmuré
secamente ya que no tenía muchas ganas de hablar sobre Leo-¿tú no llevas gafas?
-Sí,
las necesito, sin embargo Robin prefirió lentillas. Dice que poseo unos ojos
demasiado relucientes como para encerrarlos entre dos cristales.
-Es
cierto-intervino Robin-me encantan. Bueno, chicas, vamos al centro comercial de
siempre, ¿no?
-Qué
remedio-suspiré-no hay mucho más en esta ciudad.
Nos
encaminamos hacía el distrito donde estaba colocado aquél edificio de cemento,
metales y cristal. El aire acondicionado estaba puesto al mínimo y lo agradecí
de verás.
Dorothy
se empeñó en ir a mirar vestidos en una tienda juvenil y Robin no se lo negó.
En efecto, si que parecían hermanas.
El
dependiente de la tienda nos saludó efusivamente, pero en cuanto vio quién era
la auténtica clienta se le fueron las ganas de seguir trabajando. Robin se
indignó, le dijo cuatro palabritas y salimos de allí.
-Jo,
lo siento Robin-musitó con pesar.
-No
es culpa tuya, es culpa de los ineptos que no se atreven a aceptar la realidad.
-¿Vamos
a la tienda de videojuegos? Quiero comprarme una revista-cambié de tema para
relajar el ambiente y las dos asintieron, sin ánimos.
En
cuánto vi quién me esperaba en aquella tenducha, agarré a Robin por el brazo y
le supliqué que nos fuéramos, que empezaba a encontrarme mal. Mi excusa sirvió
de poco; Dorothy corrió hacía aquél muchacho que tanto había comenzado a odiar.
-¡Leo!-gritó
al verle y él dejó la revista que estaba ojeando.
-¿Sally?-preguntó
sorprendido.
-Ahora
me llamo Dorothy-se dieron un abrazo (la cual cosa me puso de muy mal humor, no
lo niego) y se intercambiaron cumplidos. ¿Por qué diablos conocía a Leo? Es
más, ¿por qué se trataban con tanta familiaridad? Aquello me puso realmente
furiosa.
-Así
que con los McDowell, ¿eh? Me alegro, con ellos serás feliz-le acarició la
cabeza y Dorothy sonrió encantada.
-¡Robin
y una amiga suya han venido conmigo!-nos hizo un gesto con la mano para que nos
acercáramos.
-No
sé si es buena idea-tragué con un leve temblor y Robin me arrastró hacía
allí-en serio, Robin, tal vez…
Me
escondí como pude detrás de mi amiga, sin éxito. Dorothy nos presentó a Leo y
cuando posó sus ojazos en mi figura, me estremecí. El asco se palpaba en ellos.
-A
esa ya la conozco-¿cómo que esa? ¡Qué tenía un nombre!
-¿A
Violet?-preguntó Dorothy confundida.
-¡No
me dirás que tu eres el clon de su clase!-exclamó Robin eufórica por haber
encontrado a su sujeto para una campaña pro clones.
-Si-contestó
fríamente sin apartar su mirada de mí.
-Hola-reí
algo histérica y me mordí el labio-deja de mirarme, imbécil. Soy yo la que está
enfadada contigo-pensé.
-Hoy
has hecho campana-musitó con desaprobación.
-¡Oh!
Es culpa mía que haya salido. La he casi obligado, a pesar de que no se
encontraba muy bien-me defendió Robin al notar el desafecto que Leo sentía por
mí.
La
situación se volvió tensa y todos los presentes sentimos la incomodidad a
nuestro alrededor.
-Bueno,
Leo, ¿te apetece venir con nostras a dar una vuelta?
-¡Si,
vente! Mis ansias por saber cómo te va en el instituto son notables-Robin no
cabía en su propio gozo.
-Otro
día-me examinó con desagrado y puse mi mejor cara de disgusto. A mí tampoco me
gustaba aquella situación.
-¡Por
favor!-suplicó mi amiga-¡yo invito!
No
tuvo otro remedio que acceder (Robin era cabezona cuando se lo proponía) y nos
siguió hasta la cafetería. Se sentó lo más lejos que alcanzaba de mí, al lado
de Dorothy. Las dos estuvieron charlando (más bien interrogando) al odioso
clon, mientras esté me enviaba miradas infectadas.
La
tarde pasó y mi toque de queda se impuso. Entre semana no podía llegar más
tarde de las 8:30 p.m.
-Bueno,
chicos, aquí nos despedimos-dijo Robin y nos dimos un fuerte abrazo y dos
besos-cuídate. Mañana te llamo.
-¡Encantada
de conocerte, Violet! Eres genial-señaló Dorothy sinceramente y me
abrazo-buenas noches.
-Buenas
noches a las dos. Un gran honor conocerte, Dot-se despidieron de Leo y nos
permanecimos allí los dos, emitiendo rayos de ira.
-Adiós-dijo
y comenzó a andar. Inexplicablemente también era el camino que tenía que seguir
yo. Arranqué de igual forma la marcha-no me sigas-musitó.
-¡Cómo
si quisiera!-aligeré el paso y él me imitó.
-No
creas que si viene un ladrón te salvaré, ¿eh?-rió flojito pero lo capté.
-Tranquilo,
yo tampoco haría nada. Por mí como si te aplastan.
Continuamos
el camino en total silencio (¿quién seguía a quién?) hasta que por fin mi vista
alcanzó a ver mi casa.
-¡Al
fin estoy a puntito de llegar!-susurré con alegría, ya que finalmente me
quitaría a Leo de encima.
Faltaban
unos cinco pasos para lograr entrar en mi casa, cuando me giré para despedirme
de él (quería enseñarle educación) y vi que se estaba dando la vuelta, yéndose
por donde había venido, a pocos metros de donde me encontraba yo.
-¡Ei!-grité
y él no se paró.
-¡No
pienses lo que no es!-respondió y siguió caminando, sin pararse.
Un
vuelvo repentino se apoderó de todo mi corazón. ¿Me había acompañado por
obligación o quizá…? No me di esperanzas, porque no deseaba que me las
arrebataran, no obstante, aquél gesto me hizo la mujer más feliz del planeta
(lo sé, suena a tópico) y penetré en casa con una sonrisa de oreja a oreja.
Más
allá de la casa de Violet…
-¡Idiota!-me
regañé a mi mismo-¡descerebrado!-otra vez.
No
entendía el motivo por el cual acompañe a aquella humana fácil de impresionar.
Al principio pensé en dejarla tirada, pero una punzada de compasión fustigó mi
parte más sentimental. Para colmo, mi casa estaba a las afueras, en la otra
punta de la suya.
-Eres
un imbécil, Leo. Un completo imbécil-caminé con paso veloz, por si afloraba
algún graciosillo con ganas de pegarme.
El
calor de un hogar vacío me dio la bienvenida y deposité las llaves sobre un
cuenco en la entradita. No tenía una gran mansión, sin embargo, la casa era una
de las más lujosas. Regalo familiar, por decirlo de algún modo.
Me
fui desnudando a medida que subía, esparciendo la ropa allá donde caía. Luego
pondría una lavadora y listos.
Me
acomodé con un simple pantalón de chándal y recogí los pedazos de tela
dispersos en la escalera, para que acto seguido, acabaran en el cesto de la
ropa sucia.
Mi
barriga transmitió el hambre casi invisible que sentía.
-Malditos
humanos. Ya que me crean, al menos, podrían haber eliminado mis necesidades
biológicas-abrí el frigorífico y pillé dos trozos de carne rancia. La freí con
algo para acompañar y la consumí sin ganas. Alguien picó al timbre.
-¿Quién
será a estas horas?-hallé a la persona que menos esperaba.
-¡Buenas
noches! Traigo hamburguesas de las buenas-entró sin esperar invitación y colocó
la bolsa encima de una silla.
-¿Sally?
¿Sabes qué hora es?
-Temprano.
Pensé que estarías comiendo algo soso y barato-sonrió y se sentó.
-Como
si las hamburguesas no fueran económicas de por sí-me senté a su lado-y bien,
¿Qué quieres?
-Siempre
tan amable-puso los ojos en blanco y suspiró-¿no puedo venir a saludar?
-Quizá
a horas más normales sí, no cuando estoy en medio de mi cena.
-Rancia
y poco apetitosa-concluyó y sacó lo que parecía ser una hamburguesa de la
bolsa-¿tienes servilletas?
-Anda
trae-le arranqué la bolsa de sus manos delicadas y me dirigí a la cocina. Sally
(o mejor dicho, Dorothy) me siguió como un perrito.
-Bueno,
cuéntame todo lo que te ha pasado en mi ausencia.
Alcé
una ceja y ella amplio su sonrisa. No me la quitaría fácilmente de encima.
-¿Qué
pretendes que te cuente?-tiré las sobras de mi cena a la basura y torné a
cenar.
-Ya
sabes, estuvieron un mes dando noticias sobre tu padre-tragó nerviosa ante mi
vistazo fulminante-lo capto, tabú.
Devoramos
en silencio toda la materia orgánica, oyéndose solo el sonido de nuestros
dientes al chocar. Dorothy no parecía muy satisfecha con la visita. Lo sabía
por su entrecejo fruncido.
-¿Cómo
es el instituto? ¿Divertido?
-¿Me
ves con cara de estar pasándomelo bien?-refunfuñé y me introduje un trozo de
pan, lechuga y carne en la boca.
-¡Debe
ser fantástico! Te envidio-dijo con sinceridad y casi me atraganto por la risa.
-¡Fantástico,
sí! Sobre todo cuando tus compañeros te desprecian-dejé la comida sobre el
plato y me crucé de brazos.
-Seguro
que hay alguno que no lo hace. ¿Qué me dices de Violet? Es un encanto de
persona.
-Encantadora,
por supuesto. Esa estúpida que no para de seguirme. Ayer fui a su casa y la
deberías haberla visto, Dorothy, maquillada, peinada y con un vestido
provocador-me sentí ultrajado cuando la vi así, cómo si creyera que no era más
que un superficial.
Dorothy
estalló en una sonora carcajada, con lagrimillas incluidas.
-¡Qué
poco sabes de mujeres, Leo!-intentó respirar, sin embargo, no paró de reír-¡Te
estaba seduciendo, tonto!
-¿Seduciendo?-arrugué
el ceño y la escudriñé, confuso.
-Claro,
hombre. Pretendía que te fijaras en ella y seguro, pongo la mano en el fuego y
no me quemo, que le dijiste algo desagradable.
En
efecto, no fui ni cortés ni amistoso. Aunque en mi defensa, diré, que me puso
de malhumor, insoportable.
-¿Y
para qué aspiraba a seducirme?
-Incorregible-negó
con la cabeza-porque le gustas, al menos, un poquitín.
-¿Qué
le qué? ¡Imposible! Tabú, prohibido, jamás-las palabras se escaparon de mis
labios automáticamente. Un clon y un humano…no, intocable.
-Algún
día te enamorarás, Leo, y no lograrás evitarlo.
-¡Podré!
Nosotros no tenemos derecho a amar, Dot. Recuérdalo bien.
-Tú
eres diferente, mi amigo. Vives solo, vas a un instituto y en un futuro
trabajarás como un gran empresario, enfundado en un traje de marca y calzando
mocasines de piel. Eres nuestra esperanza-posó su mano sobre la mía y me
atravesó con aquellos ojos idénticos a los míos-aún te quiero.
Aparté
bruscamente mi final de extremidad y giré la cabeza.
-Eso
quedó claro, hace años.
-Lo
sé y no tengo intención de ir más allá. Simplemente estos sentimientos siguen
viviendo en mi interior, se desarrollan y crecen. Soy humana y tu también,
aunque la idea te produzca asco.
-¡Yo
no soy cómo ellos! ¡No olvides lo que somos, simples deshechos, pañuelos de
usar y tirar!-me levanté chillando con los nervios a flor de piel.
-¿Te
repito que eres diferente? ¿Eh? ¡Si no luchas, los demás tampoco! Naciste para
ser nuestro líder-respondió más calmada que yo.
-¿Líder?
¿Diferente? ¿Luchar? ¡A mí también me abuchean y me maltratan como a
cualquiera! ¿Soy diferente por qué no me crearon para devolver vida? ¡No!
¿Crees que es culpa mía que un viejecito no pudiera tener hijos? ¡No!-subí el
volumen de mi voz más de lo debido y presentí la dura mirada de Dorothy, fija
en mí.
-Sé
que sufres, como todos. Te ofrezco mi apoyo, no lo rechaces. Eres y serás
eternamente mi mejor amigo, porque nunca me verás a modo de mujer.
-Porque
yo no deseo amar a nadie. Es un lujo de acceso denegado-musité con más
tranquilidad.
-Cuando
no te lo esperes, ese helado corazón tuyo se derretirá sin que te des cuenta-se
agachó y sostuvo mi mirada inquieta-pueden impedirnos tener relaciones, pero no
ha enamorarnos-un cálido beso explotó en mi frente y los pasos de sus zapatos
perdieron fuerza, lentamente, hasta que al fin escuché el golpe seco de una
puerta al cerrarse.
Tiré
los restos inacabados y fregué los platos a conciencia. Me rasqué la cabeza,
bastante afectado por la conversación de Dot.
Subí apático
las escaleras, pensando seriamente en todo lo referente a mí. Razón no le
faltaba, era diferente a cualquiera de ellos. Nadie controlaba mi vida, no
temía por mi existencia cada mañana y recibí una correcta educación.
No
obstante, seguía siendo yo, un clon, un desperdicio, un objeto con
sentimientos.
Y
Violet no abandonada mi mente primeriza en todo lo relacionado a chicas. ¿Qué
le gustaba? ¡Sí no podía verme! Suspiré y tendido en la cama liberé aquello que
me atormentaba. Ya pensaría en ello más tarde, cuando fuera absolutamente
necesario.
Me
desperté con una energía arrolladora y todavía con aquella tonta sonrisa
provocada en mis labios.
-¡Buenos días!-grité con potencia al nuevo día y me puse la música a tope-“Orange slide, the sky that it reflects
Sponge's
pride, being dangled”-canté con todo mi poderío.
-¡Hija,
hija, hija!-chillaba mi madre como una histérica sin remedio-bajo eso
inmediatamente.
-¡Buenos
días mama!-le di dos besos y bajé velozmente las escaleras.
El sol
brillaba con una fuerza arrolladora y me transporté a mi mundo personal.
Desayuné mis
dos tostadas con jamón dulce y bebí sin respirar el zumo de naranja (odiaba el
zumo de naranja).
¡Hasta el
cielo parecía mucho más claro aquella mañana! Los pájaros piaban por doquier y
anhelaba volar con ellos, en libertad, en armonía. Caminé tatareando la canción
de la mañana y me reí con ganas al recordar la cara gritona de mi progenitora.
Angie me
esperaba en la esquina de siempre, con el rostro iluminado por la felicidad.
Alzó una ceja cuando me vio tan contenta.
-¿Qué te
pasa? ¿Y esa sonrisita?-no se le escapaba nada.
-Me he
despertado con buen humor. ¿A ti qué te ocurre?
-¡Empieza
por D y acaba en d!-suspiró entusiasmada y me contó, con sumo detalle, la larga
tarde que pasaron juntos.
-Te ha
pillado fuerte, ¿eh?
-¡Es un
cielo! Creo que voy a ir en serio, no sé. Pero, ¡ay, Violet!, es tan atento,
guapo y detallista. A Charles le mando a la mierda-dijo con calma, aunque
aprecié cierta melancolía en su voz.
-¡Bien
dicho! Ahora sí que estoy orgullosa de ti, Angie. ¡Arg!-exclamé al ver el
reloj-es tardísimo. Más vale que corramos o llegaremos tarde a Biología.
Gracias a
nuestra potra y todos los maratones de cada mañana, no tuvimos problemas en
alcanzar nuestro objetivo con éxito (y con cinco minutos extras).
Barry era un
buen hombre, con un sentido del humor bastante raro. Su ex mujer le abandonó
por un jovenzuelo rico y él continuó con su vida vacía, intentando llenarla con
nosotros, sus alumnos.
-Bueno,
chicos-dijo nada más entrar-por parejas. Seguiremos con la práctica del otro
día-se quedó pensativo y miró de refilón a Leo-¡No! Hagamos algo mejor. Cogeos
un pelo y examinadlo. Después lo iréis pasando hasta observar el cabello de todos
vuestros compañeros. ¡Empezad!-se sentó en la silla chirriante, con la cara
deformada por la concentración e inició su charla privada.
-¿Qué
diablos habrá bebido este?-musitó Angie escudriñando su cabello en el
aparato-yo no veo nada anormal.
-Déjame intentarlo-nada
extraño, nada que no hubiéramos visto antes.
-¡Rotación!-gritó
Barry sin alzar la cabeza.
Leo me pasó
su muestra y cuando sus ojos me desnudaron el alma, mi corazón no latió durante
diez segundos, aproximadamente.
-Gracias-susurré
antes de que se fuera a su mesa. Oí un bufido y se revolvió el pelo.
-¡Urg! No
quiero observar el cabello de un clon.
-Calla Angie
y hagamos el trabajo-fui la primera en apoyar el ojo en el microscopio y un
pequeño grito se escapó de lo más hondo de mis cuerdas vocales.
-¿Qué?-le
señalé el chisme y me imitó-¡Es más brillante y grueso! Me pegaré por esto,
pero es perfecto-refunfuñó con mala cara.
Me giré para
mirar a Leo, que se hallaba con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.
¡Debía poseer un cabello tan suave!
-¡Rotación!-volvió
a exclamar el profesor.
La hora de
experimentos acabó y Barry mandó deberes extras.
-¡Buff! Odio
los deberes de biología.
-Va, que hoy
nos ha puesto poco. ¿Toca francés?
-Seh…-suspiró-que
asco de día.
-Te espero
en clase, ahora voy-corrí para atrapar a Leo y advertí la mirada de sorpresa de
Angie-¡Hola!
-Eres tú-murmuró
con pesar.
-¿Vas a ir a
francés?
-¿Me ves
cara de masoquista?-su entrecejo se arrugó un poco y negué con la cabeza-pues
ahí tienes tu respuesta-aligeró el paso y se evaporó tras voltear la esquina.
-¿Violet?
-Solo le
preguntaba por el trabajo, Angie. Ya sabes que me toca con él.
-¡Sí! Ya me
lo dijeron. Maldito Billy, cuando le vea le haré picadillo.
-Bueno,
vamos-susurré con pocas ganas y Angie me siguió.
Mademoiselle Leveque
sufrió un ataque de furia cuando vio que Leo se había ventilado su clase, tan
feliz.
-¡Ese
maldito clon sin educación aparente! -gritó encolerizada-¡Luego hablaré muy
seriamente con él, ahora comencemos la clase! ¿Por dónde nos quedamos?
-Por
los verbos en subjuntivo, mademoiselle
Leveque-respondió Sam con el miedo atravesándole la piel.
-Perfecto.
Guardad las cosas, examen sorpresa de verbos-sonrió maléficamente y nadie se
quejó. Ahora, Leveque, era simplemente la sombra de aquella ancianita buena y
comprensiva.
El
examen resultó bastante difícil (subjuntivo con verbos irregulares) y salimos
bien escarmentados. 10 puntos de odio más para Leo.
-¿Dónde
vas Violet?-preguntó mi amiga al verme correr.
-¡A
avisar a Leo!-dije sin más y me escaqueé de lo que tuviera que decirme. Busqué
por cada rincón, clase y pasillo, sin resultado-miraré en el patio
trasero-¡Bingo! Tomaba el sol recostado en la hierba, con una tranquilidad
envidiable.
-¡Tu!-grité
y soltó una maldición-¡Escúchame!
-¿No
te cansas de acosarme?-se medio levantó y espero a mis palabras.
-Solo
te digo esto porque ayer fuiste muy amable, no te acostumbres- indiqué con
dureza-madeimoselle
Leveque te busca y no para nombrarte alumno del año, precisamente.
-¿Qué tripa
se le ha roto ahora?
-Te has saltado
su clase-le recordé y él pareció sorprendido.
-¿Y?
-Pues
eso-concluí.
-¡Arg!
Maldita vieja bruja de mente cerrada. Si me presento en su despacho seguro que
sacará su látigo y me pervertirá-murmuró seriamente, sin embargo, me morí de
risa al imaginarme a Leveque vestida como en una película sadomasoquista.
-¡Suerte!-me
despedí porque no deseaba hacerme pesada y me metí en la enfermería, afirmando
que aún no me sentía muy recuperada.
Las clases
terminaron y me despedí de Angie dónde siempre.
Le di vueltas
a mi cabeza, una y otra, y otra más, razonando sobre el castigo impuesto por
Leveque. ¿Seguiría vivo aquél individuo? ¿Realmente la viejecita sacó su
látigo? Rechacé todas las preguntas estúpidas y fui positiva, dentro de lo que
cabe.
Dentro de
casa olía a comida recién hecha y mi madre me esperaba con una sonrisa de oreja
a oreja.
-¿Y ese buen
humor?-pregunté sentándome a comer.
-Recordaba,
Violet-dio un largo suspiro y tatareó nuevamente.
Charlamos
animadamente sobre el instituto y cuatro cotilleos de los vecinos.
-Lo que
oyes, cariño. La del frente ha dejado a su marido y se ha fugado con su
profesor de baile moderno-murmuró mi matrona, como si las paredes poseyeran
oídos.
-¡Que
romántico!-reí-prefiero no imaginarme la cara de su esposo…ex-esposo-cambié
rápidamente.
-Pobre
hombre. Me da pena, en cierta manera.
-Si, a mí
también me la da. Bueno, recojo esto y me voy a estudiar, ¿de acuerdo?-fregué
los platos con esmero y justo cuando salía de la cocina mi progenitora me pidió
un libro de la biblioteca personal.
-Ahora lo
bajo-musité y acto seguido fui a cambiarme. El uniforme seria todo lo práctico
que el director pretendiera, no obstante, era matador.
Examiné las
estanterías a la caza del libro oculto, sin saltarme ningún aparador. Al fin lo
encontré tras otro texto impreso y encuadernado y, al cogerlo, se cayeron lo
que parecían ser unos papeles bastante viejos.
-Veamos que
guarda aquí-al pillarlos caí en la cuenta que eran unas antiguas fotografías de
mi madre jovencita junto con un hombre sonriente, sin embargo, se caracterizaba
por un punto de melancolía y desconsuelo.
A la tercera
foto la sangre bajó a mis pies y el cuerpo se heló sin aviso. ¡Sus ojos! Los
mismos que los de Leo o Dorothy. Los mismos que los de cualquier clon.
Le di la
vuelta para leer alguna inscripción y tuve suerte, una letra curvada y ceremoniosa
se abría paso hasta mi nervio ocular.
-“Nunca
tuvimos nuestro paraíso, Lorianne. Te amaré hasta que mi corazón me suplique basta.
Nathan, Diciembre de 1992”-leí en voz alta para después coger aire y soltarlo
de una bocanada. Y de pronto, un repentino pensamiento asaltó a mi mente. Mi
madre, Lorianne, se quedó embarazada de mí en Diciembre de 1992 y nací en
Septiembre de 1993, el 16 de Septiembre de 1993.
-¿Qué
haces en el suelo?-preguntó detrás de mí y di un pequeño respingo.
-¡Na..nada!
Buscando el libro, mama-metí las fotos con prisa y se lo entregué-me voy a
estudiar.
Salí
atropelladamente de la habitación de las pruebas y cerré la mía con una mezcla
de ira, confusión y desconfianza hacía la persona que vivía conmigo debajo de
mi techo.
-¡Hija
de un clon!-me dije y respiré hondo para tranquilizarme-¡Santo cielo, hija de
un clon…! Sin embargo, ¿qué hace un clon en 1992? No se empezaron a hacer hasta
1996 o así…-me quedé pensativa, pero ninguna confirmación vino a rescatarme.
Estaba sola ante lo desconocido, ante la ignorancia de no saber quién era mi
propio padre.
-No
puede ser, es improbable. Quizá no he visto bien la foto y sus ojos no eran de
ese color… ¡Pues claro que son de ese color, imbécil!-me repliqué y sacudí la
cabeza-¿En 1992? ¿Cómo…? ¿Y porqué mi madre aparece? ¿Qué relación…? ¿Y si
realmente fuera mí…?-sacudí la cabeza nuevamente y me enfrasqué con el
ordenador, investigando las fechas de la creación de clones.
Todas
contestaban lo mismo. 1996 era el punto de arranque y no mencionaban nada sobre
1992 o alguna fecha anterior. ¿Cómo era posible? ¿Estaba loca en realidad? No,
por supuesto que no.
Con
una jaqueca insufrible me acosté, sin esperar a la cena o a ver la televisión.
Únicamente pensaba en ese constante recuerdo sobre el día de mi fecundación y
vibraba bajo la tela de las sabanas, asustada y al mismo tiempo desconcertada.
Me
levanté más temprano de lo habitual porque no lograba mirar a mi madre
directamente a los ojos. Metí todo lo necesario en la mochila, desayune sin
ganas y recorrí las calles todavía vacías y desiertas.
Angie
no estaba en la esquina y tuve que hacer tiempo hasta la hora indicada. Me
saqué el mp3 del bolsillo y escuché música, inclusive cuando llegó.
-¡Alguien
se ha despertado pronto esta mañana!-murmuró y suspiré.
-Sí.
He tenido una pesadilla horrible y ya no he podido dormir-mentí y ella asintió.
-¡Va,
que ya es Viernes! Mañana fin de semana y todos contentos.
-Contenta
tu, yo debo acabar el trabajo de Experimentales-refunfuñé, pasando por alto que
no me importaba en absoluto.
-Con
ese idiota, borde y maleducado-concluyó y circulamos sin prisa. La primera vez
en mucho tiempo que íbamos bien de tiempo.
-Por
cierto, ¿Por qué fuiste ayer a avisar al estúpido?-su ceja se elevó y un
escalofrío me recorrió la medula.
-Digamos
que se lo debía-y mi boca se selló hasta la puerta del gran edificio de
ladrillo.
Nuestra
aula nos acogió con una grata bienvenida y Miss Harrison no dio señales de
vida.
-¿Qué
pasa con los profesores? Últimamente están todos enfermos-se quejó Angie.
-Será
una pasa y como siempre andan juntos-solté mi hipótesis y fije mi vista en el
chico que acababa de entrar. Creí ver una sonrisilla en sus labios de bribón,
una tan efímera como la vida.
Me
acerqué a él en el pasillo, para ir al aula de arte, atenta a la mirada de
Angie, que cada vez me entendía menos.
-Has
sobrevivido-musité y él puso los ojos en blanco al verme.
-Si,
al final guardo su látigo y en vez de eso me ha sancionado quedándome toda la
tarde en la biblioteca-respondió ásperamente.
-Vaya,
al menos no te fustigó, ¿no?-reí y vi como se mordía el labio-¡Tengo una idea!
¿Quieres acabar el trabajo de Experimentales? Así no volverás a mi casa.
Sopesó
la idea unos cuantos segundos, no muy convencido, sin embargo, ¿qué otra cosa
conseguiría hacer?
-De
acuerdo. Ven cuando puedas-se adelantó y bajó las escaleras para hundirse en la
sala de arte.
-¿Violet?-susurró
una voz detrás de mí.
-Angie-dije
sorprendida-voy a terminar el trabajo está tarde.
-¿De
eso hablabais?
-Sí,
le han castigado toda la tarde en la biblioteca así que aprovechamos para darle
fin-sonreí, aunque ella no estaba muy convencida.
Una
vez enfundados todo con pincel y paleta, iniciamos nuestra labor de continuar
con el cuadro. Algunos odiaban esa clase y otros ni se lo habían planteado, no
obstante, para mí era el cielo. No hacía falta que estuvieras atento a cada
palabra de miss Daisy y dejabas que tu pincel indagara libre en el lienzo,
dándole forma a tu libertad.
-¡Vaya
Leo! Es una obra fantástica. ¿Desde qué edad pintas?-no se le escapaba ni una.
-Desde
los seis años-respondió con un hilillo de voz.
-¿Seis
años? Impresionante. Buen trabajo muchacho-le dio unos golpecitos en la espalda
(Leo los recibió con un mohín) y siguió inspeccionando todas las
representaciones pictóricas.
Después
de aquella clase todas se me pasaron veloces, excepto la de francés. Fue una
auténtica tortura y no solamente por mí, sino por todos. La profesora no paraba
de mirar a Leo con repulsión y fastidio y al cabo de media hora, empezamos otro
examen sorpresa. Está vez de traducción con los verbos subjuntivos del otro
día. Al salir, la gran mayoría se quejó de Leo y lo poco que favorecía a la
clase.
-Menudos
días llevamos con la de francés-musitó Angie-si no estuviera ese apestado,
Leveque reanudaría su carácter de mujer encantadora.
-No
sé, pero tiene que aceptar lo que haya decidido el instituto dejando sus
sentimientos de banda. Eso se denomina ser profesional-me despedí de Angie
antes de lo normal, alegando que el tiempo era oro y no me permitía
desperdiciar ni un minuto.
Nada
más llegar, me lavé los dientes, me peiné un poco (para que el cabello tornara
a su estado original) y me vestí con algo cómodo pero un poquito formal. Guardé
el trabajo en el mp3, le expliqué la situación a mi madre muy por encima y
corrí como si el viento ambicionara transportarme con él.
Mi
destino estaba marcado y yo me dirigí hacía él, con la cabeza alta y los
nervios a flor de piel. Leo se hallaba en la biblioteca, ausente, distraído,
tecleando cosas en uno de los ordenadores.
-Hola,
siento haberte hecho esperar-cogí una silla y me senté a su lado-veo que has
tomado los libros necesarios.
-Abre
el trabajo y comencemos. Ya he subrayado algunos párrafos interesantes-me metió
ligereza y cuando el Microsoft Word estuvo abierto, empezó a dictarme.
Después
de unas dos horas acabamos el infame trabajito (casi totalmente hecho por él) y
justo cuando iba a salvarlo, se borró más de la mitad.
-¡Mierda!-grité-¡Oh,
mierda, mierda, mierda!-aporreé al pobre aparato y Leo soltó una maldición.
-No
le des patadas que será peor-con un ágil movimiento de muñeca me arrancó el
ratón para acto seguido cambiarme el asiento. Buscó no se qué programas para
recuperar datos, pero fue inútil.
-Pienso
que nos vamos a quedar más de lo deseado-sentenció y asentí, tragando saliva y
refunfuñando.
Está
vez le fui dictando yo (no era capaz de dejarme nuevamente el PC) y resolvimos
los problemas conjuntamente (con mayor participación de él). Al cabo de aproximadamente
cuatro horas conseguimos terminarlo, en sucio.
-Bueno,
Leo, tendrás que volver a mi casa-reí sin ganas y él me congeló con la mirada.
En la
sala de profesores…(narrador externo)
-Madame
Leveque, ¿nos vamos?-preguntó uno de los profesores, Billy.
-Um…me
dejo algo importante, sin embargo, no recuerdo muy bien que es…
-No
importa, mañana debemos volver para corregir exámenes-respondió este con prisa.
-De
acuerdo, vamos, vamos. ¿Hoy tienes planes?-preguntó aquella dulce mujer.
-Sí,
le voy a pedir a Simone matrimonio-el pecho se le lleno de orgullo y Leveque le
felicitó.
-Eso
es estupendo-cerraron la puerta principal del edificio y se marcharon. No
regresarían hasta por la mañana.
-Vámonos-sugerí
y Leo asintió.
-Debo
ir a ver a la bruja antes de escapar-le acompañé hasta la sala de profesores, picamos
pero no obtuvimos respuesta. Se encontraba completamente cerrada.
-Qué
raro-musité-quizá este en otra aula-fuimos a investigar por todos los rincones
del instituto, sin éxito. Todas las estancias estaban cerradas y al fin
desistimos y decidimos marcharnos.
-Esto
es muy extraño-musitó Leo intentando abrir la puerta de entrada.
-¿Qué
pasa?
-No
se abre-otra de sus palabrotas escapó de sus labios y suspiré.
-Déjamelo
probar, anda-se apartó y lo probé, pero la puerta no cedió a mis suplicas-bien,
¿tienes comida y una manta?-me lo tomé a cachondeo, aunque Leo mostró una
actitud contraria.
-¡Joder!
Si lo sé permanezco en casa durante todo el día-protestó.
-Regresemos
a la biblioteca. Es el único sitio que está abierto-caminamos en silencio y al
llegar, cada uno se puso en una esquina.
Un
silencio bastante incomodo penetró en la sala, cubriéndonos con su velo. Como
no era muy partidaria a aquellas situaciones y me encantaba hablar, adopté el
papel de charlatana para romper un poquito el hielo.
-Qué
divertido, ¿eh? Un viernes por la noche y mira dónde nos tenemos que quedar.
-¿No
te callas nunca?-contestó con dureza.
-Pensé
en que si hablábamos un poco la noche no resultaría tan…
-…pesada-finalizó
mi frase y suspiró-está bien. Habla todo lo que desees, no obstante, no te
garantizo mi atención.
-Gracias-musité-alguien
nos sacará de aquí mañana, seguro.
-¿No
posees un móvil o algo por el estilo?
-Sí,
está en casa cargándose-no había elegido un día mejor para quedarse sin
batería.
-Sino
vienen mañana, prepárate para estar aquí hasta el Lunes-me advirtió y asentí.
-Hay
una máquina de bebidas y comida en la planta baja, en la cafetería. Llevo
calderilla-sugerí ante un hambre voraz que se abrió paso entre mi estómago-no
he probado bocado desde la mañana.
-Ni
yo-no parecía muy aplicado en captar indirectas.
-¿Quieres
algo?
-No-y
de vuelta el silencio empalagoso que tanto me irritaba.
Me
abracé a mis rodillas y apreté fuerte para no sentir el hambre, sin embargo, el
ruido de mis tripas me delató y me enrojecí parcialmente. Leo simulaba no darse
cuenta hasta que al fin se levantó, harto, y se quedó contemplándome.
-¿A
qué esperas? No me apetece quedarme con un cadáver.
-Si-susurré
y nos dirigimos a la máquina expendedora de salvación.
El
instituto daba miedo en la noche, con las luces apagadas y la oscuridad
reinando como fiel soberana. Me pegué un poco a Leo, como si un psicópata fuera
a salir de cualquier esquina en un momento.
-¿Coca
cola o fanta?-preguntó frente a la neverita. Sorprendentemente la cafetería no
estaba cerrada.
-¿Ah?
Pues… ¿no hay nestea?-le di las monedas y sacó un nestea para mí y una coca
cola para él.
Compré
unas galletitas y nos sentamos en una de las mesas.
-El
instituto por la noche es escalofriante. Ahora entiendo porque lo ponen en
muchas películas de terror-me dije a mi misma, ya que Leo se hallaba en su
mundo.
-A mí
me gusta-respondió-es relajante. No oyes las voces insultantes, ni ves las
miradas de desprecio de la gente-sorbió un poco de coca cola y permanecí
desconcertada unos instantes.
-Algo
de razón tienes-bebí y nos callamos, escuchando con atención el ritmo del polvo
mezclado con el aire.
-Sabes,
yo no pienso como toda esa gente-dije de repente-es decir, no estoy ni en
contra ni a favor de los clones. Me mantengo neutral respecto al tema, pero si
alguno me pidiera ayuda no se la negaría.
Sus
ojos, cargados con cierto asombro, se concentraron en mi rostro haciendo que me
sintiera muy, pero que muy avergonzada.
-Bueno,
no sé. No creo que…en fin, da igual. Dejémoslo estar-terminé la bolsa de
galletas y la tiré en una papelera cercana.
Retornamos
a la biblioteca tras nuestro pequeño festín. Ocupamos nuestros respectivos
lugares, mas Leo se acercó un poquito más.
No
abrimos la boca durante más bien una hora que me pareció relativamente eterna.
Leo leía con atención un libro sobre planetas y yo me contenté con uno de
adolescentes alocadas que hacen tonterías por amor. Un tema que consideraba de
risa porque se alejaba bastante de la realidad.
-Estos
libros son la peste-suspiré y él me miró-los de adolescentes, digo. Nada que
ver con la realidad.
-¿Dónde
está la realidad en los libros?-preguntó en plan filosófico y cerré el mío de
golpe.
-Vale,
vale. Lo capto, pero siguen siendo la peste.
-¿Por
qué los lees si no te gustan?
-Porque
son divertidos-murmuré y deposité el libro en su sitio-o eso pienso.
Igualmente, ya me he leído toda la sección deportiva.
-¿Te
gustan los deportes?-preguntó fascinado.
-Sí,
me encantan. He practicado muchos…-me mordí la lengua y giré la cabeza, dando
la conversación como zanjada. Leo no insistió y continuó con su tarea-bueno, me
rompí la pierna con trece años y no he podido proseguir con mis actividades. El
médico dijo que los deportes se acabaron para mi pierna y mi cuerpo.
-Debe
ser difícil-musitó sin apartar la vista del papel.
-Bastante,
pero está más que superado. Ahora me concentro en el violín. Lo tocó desde
pequeñita, sin embargo me volqué en los deportes que sobresalía mucho más. Tras
el accidente, quería centralizarme en algo para desahogarme y encontré en la
música ese ingrediente.
-Yo
tocó el piano, el violín, la batería y la guitarra-soltó precipitadamente y la
cara se desencajó por mi incredulidad.
-Vaya,
¿qué no sabes hacer? Hablas perfectamente francés…
-…árabe,
japonés, chino, ruso y español-añadió.
-…pintas
de maravilla, lees libros como si fueras un adulto muy culto y tocas cuatro instrumentos-finalicé mi
análisis y aumenté la lista de idiomas.
-¿Quién
te enseñó tantas cosas?
-Mi…-su
voz se fue apagando y sacudió la cabeza-no te importa.
-No
es de mi conveniencia, cierto. Es asombroso, la verdad. Me alegra tener un
compañero tan aplicado-dije con una sinceridad que pareció no disgustarle.
-No
es para tanto. Cuando no sales en unos cuantos años de un lugar hay mucho
tiempo libre.
-Ya
veo. Bueno, creo que voy a echarme ya a dormir-un bostezó delató mi sueño y me
tumbé-buenas noches.
La
respiración relajada de mi acompañante me ayudó a dormir de maravilla, aunque
me desperté tras una pesadilla en la cual el rostro de ese tal Nathan me
recordaba que tal vez era mi padre.
-¡Violet,
Violet, Violet!-gritó una voz y me desperté con la garganta seca y dolida.
-¿Qué…?
-Estabas
gritando-se sentó a mi lado con su semblante inescrutable.
-¿Gritando…?
Ah, bueno, una pesadilla me ha visitado entre mis sueños más dulces.
-¿Voy
a buscar agua?-se ofreció amablemente, cosa que me trastornó.
-No,
no. Estoy bien. ¿Puedes quedarte conmigo? La pesadilla ha sido realmente
espantosa-afirmé y él asintió. Vaya, así que sabía ser cordial de vez en
cuando.
Y sin
una advertencia previa, mis ojos se cuajaron de lágrimas deseando salir al
exterior. Me mordí el labio, manteniendo la serenidad perdida y el temple que
ahora se escondía.
-Voy
al baño un momento-me levanté temblando y quise dar un paso, pero la mano de
Leo me detuvo.
-¿Estás
bien?-una pregunta que detonó el agua que resbalaba arrebatadamente por mis
mejillas.
Me
aferré a sus brazos, sin razonar en las consecuencias y lloré, solté toda una
furia, pena y tormentos que me carcomían el alma desde hacía ya mucho tiempo.
La muerta de mi padre, la lucha de mi madre para salir adelante, ese tal
Nathan…
Los
brazos de Leo me acogieron con torpeza y me acarició la cabeza de vez en
cuando, sin resistirse a mí. Quizá le di lastima o tal vez su compasión se
avivó. No me importó. Simplemente anhelaba ser consolada y que alguien me
enfundara unos ánimos para sobrevivir en el mundo exterior.
-Lo
siento-musité cuando mi llanto aminoró-nunca soy una llorona.
-Bueno…em…-se
alejó de mí y se sentó en la otra punta-buenas noches.
Y así
se durmió, en el suelo sucio y frío, respirando acompasadamente y de forma
tranquila. Esa noche descubrí que Leo, tras su máscara de persona borde e
indiferente, se ocultaba un chico tímido, de pocas palabras y con cierta amabilidad.
Algo que nunca en la vida alcanzaría a reconocer.
Pronto
me encontré yo también en los brazos de Morfeo, esta vez sin pesadillas que
amenazaran mi descanso y serenidad.
La
luz irrumpió en la pequeña biblioteca escolar y los ojos se toparon con ella. Me
desperecé y me incorporé sin ganas.
-¿Leo?-musité
quitándome las lagañas y el reapareció, cargado bebidas y algo para picar.
-El
desayuno-murmuró y esturreó las cosas. Agarré una bolsa de “delicias de fresa”
y comí.
-¿Saldremos
hoy de aquí?-pregunté tras tragarme una de aquellas pastitas.
-Improbable-contestó-aunque
yo tenía cosas que hacer-suspiró resignado.
-Yo
también. ¡Quería ir a comprar con Dorothy y Robin!-maldije a Leveque por no
haberse acordado de Leo.
-¿Dorothy…?
¿Te cae bien?-tragó saliva, miró hacía otra banda, intentando sonar
indiferente.
-Es
muy agradable. Una chica diez, vaya. Y preciosa, nada que envidiar a
nadie-exhalé-¿De qué la conoces?-me atreví a curiosear.
-Vecinos-dijo
sin más y preferí no insistir-amiga de la infancia, más bien- siseó.
-¿Amiga
de la infancia? Seguro que os lleváis muy bien, entonces-se encogió de hombros
y sonrió. Su dulce gesto atravesó mi corazón como un cohete y oí un “pic” en
él. Había sido activado, ya por fin.
-Ella
está enamorada de mí-soltó sin más, para callarse repentinamente. Supongo que
él estaba igual de sorprendido.
-¿Quién
no? Eres perfecto- objeté y las mejillas se me acaloraron tras decir
aquello-bueno, ya sabes. Con lo listo que eres…-sí, claro Violet, arréglalo.
-¿Para
qué tanta inteligencia? Al fin y al cabo, soy lo que soy-respondió y me sentí
realmente mal. No entendí muy bien el porqué, pero así me sentía. Leo manifestó
abiertamente su condición de “usar y tirar” y yo no sabía que decir o hacer.
-No
creo que seas lo que eres. Llámame estúpida o arrogante, sin embargo, yo creo
que eres un buen ser humano. No comprendo porque la gente os hace tanto daño,
ya que sois carne de nuestra carne- por una vez me alejé de la neutralidad y
crucé la línea fronteriza hacia la defensa.
-Lo
mismo me pregunto-hubo un instante en que nos miramos mutuamente a los ojos y,
no sabría descifrar el sentimiento que me extasío en aquellos pocos segundos.
-¿Amigos?-reí
y él no pareció estar muy seguro ante mi propuesta-no es porque me des lastima
o algo por el estilo, si es lo que estás pensando. Me caes bien, aunque seas un
borde, un antisocial y un sabelotodo.
-Amigos-
aseguró por fin y me di por satisfecha-al menos así dejarás de perseguirme.
-¿Perseguirte
yo? ¡Mentira! Simplemente, en fin, estabas allí.
Puso
los ojos en blanco y no separó los labios en el resto de la mañana. Seguía
siendo un poco borde, si, pero desde ese momento comenzaríamos a llevarnos
mucho mejor.
-¡Santo
cielo chicos!-exclamó Leveque al encontrarnos allí sentados tan
campantes-¡Violet! ¿Qué haces aquí pequeña?-me dijo con su voz edulcorada-¡y
tú! ¿Por qué no viniste a avisarme?-recriminó a Leo cambiando el tono.
-Es
culpa mía, no se enfade con él. Vine para terminar el trabajo de
experimentales. Toqué una tecla y se borró medio archivo, así que tuvimos que
quedarnos hasta tarde y cuando fuimos al despacho de profesores no había ni un
alma-dije atropelladamente.
-No
sé si creerlo-levantó una ceja y Leo suspiró tras de mí-ya hablaremos
jovencitos. Y vete en seguida a casa Violet, Lorianne estaba preocupadísima-mi
madre tenía el número telefónico de todos mis profesores, por si acaso me
secuestraban.
Salimos
del instituto a toda prisa, con la profesora pisándonos los talones y
refunfuñando sobre nuestras cabezas.
-Os
veo el lunes, a los dos-remarcó bien esa palabra y se esfumó.
-Zorra-murmuró
Leo y empezó a andar hacía mi dirección contraria.
-¿Vives
por allí?
-En
la otra punta de tu casa- alegó adivinando por donde iban los tiros.
-¿Por
qué me acompañaste?-no me iría de allí sin una respuesta.
-Porque
me dieron una educación-y se marchó sin decir nada más, como siempre. ¿Tanto le
costaría despedirse?
-¡Espera!-le
alcancé y le di el mp3 con el trabajo-retoca lo que tú quieras. Te he dejado mi
número de móvil y de fijo dentro.
-¿Para?
-Por
si debes comentarme algo. Lo más justo es que me mantengas informada, ¿no?-le
guiñé un ojo-¡Hasta pasado mañana!
Él se
rascó la cabeza (un gesto que parecía ser muy suyo) y reinició otra vez su
circulación hasta la otra punta de la ciudad. Realmente era un buen chico y una
sensación de alegría me invadió el cuerpo. Yo era la única que lo sabía.
Entre
más rato pasaba con ella, más idiota me iba volviendo. ¿Por qué le revelé cosas
sobre mi vida? ¿Por qué acepte ser su amigo? Un bufido se escapó entre mis
labios y me puse de malhumor.
-Todo
sea para que no me importune más-abrí la puerta de casa y arrojé las llaves. En
realidad, y lo intuía demasiado bien, ambicionaba desde hacía mucho tiempo a
alguien como ella, capaz de sonreírme sin herirme o sentir compasión por mí. Si
algo aborrecía en este mundo era la compasión, aunque a veces también me
abofeteaba donde más afligía.
Fui
directo a la ducha para quitar todo el agarrotamiento de la noche. Dormir en el
suelo le deja a uno la espalda hecha un fiasco.
Me
cambié la ropa que apestaba un poco a sudor y me enfundé en un pijama limpio y
con olor a flores silvestres (o eso es lo que ponía en el suavizante).
Un
repentino estruendo asaltó mi pobre puerta y abrí sin mirar por el pestillo.
-¿No
tienes casa o qué?-refunfuñé indignado y ella entró sin esperar respuesta.
-¡Buenos
días! He traído unos bollos muy ricos de la panadería de al lado-fue directa al
salón-va, trae platos.
-Aún
no soy tu esclavo-musité y le llevé los platos que pidió-ten. ¿A qué has
venido?
-A
verte-dio un mordisquito a su panecillo-y para darte una buena noticia, al
menos para mí.
-Cuéntame-las
buenas noticias de Dorothy nunca eran buenas.
-¡El
lunes empiezo el instituto!-sonrió maravillada, pero su sonrisa se desvaneció
al visualizarme-oh, vaya, me esperaba esa reacción.
Le di
vueltas a la cabeza, razonando conmigo mismo sobre la idea de ir al instituto.
Por supuesto, al principio me reboté y me negué no sé cuantas veces, no
obstante, caí. Prometí ir como un niño afable y sin hacer caso a los
comentarios de la gente. Era fuerte para aguantar una ducha de agua fría
durante seis horas, sin embargo, Dorothy no soportaba la violencia o los
insultos.
-¡Soy
capaz de resistir!-gritó afirmando mis pensamientos-he cambiado mucho, Leo.
-Yo
no digo que no. ¿Serás capaz de tolerar seis horas de continuos insultos y
maltratos sicológicos? Quizá te caiga una paliza también.
-Mis
antiguos dueños ya me apaleaban y me insultaban. No creo que sea muy
diferente-se izó y con una bolsa entre sus manos fue corriendo hacia el lavabo.
-Menuda
ella-musité y mi cabeza no descansó razonándolo todo. Dorothy era la única
amiga verdadera que poseía. Ella sonreía a pesar de estar pudriéndose por
dentro. La admiraba en cierta manera, algo que no confesaría ante su presencia.
-¡Tará!-exclamó
con pose triunfal y me reprimí una sonrisa. Vestía el uniforme de su instituto
(uno privado en la ciudad vecina) y se había sujetado el cabello en dos
coletas.
-¿No
te parezco sexy?-rió poniendo una pose seductora. Simplemente suspiré-¿no me
dices nada?
-Estás
bien-dije sin ganas y ella se sentó a mi lado.
-¡Es
precioso! Tú llevas uniforme también, ¿verdad?
-No
exactamente. Me opuse totalmente a acudir como el resto de esos niñatos
huecos-terminé mi bollo y recogí el plato-¿Quieres algo más?
-No
te lo he dicho por si te molestas, pero tienes cara de cansado. ¿Has dormido
bien?-preguntó inquietada.
-En
realidad, no-confirmé y ella asintió con la cabeza-me he quedado encerrado en
el instituto toda la noche…
-¿Qué?
¡Qué miedo!-me interrumpió-tu solo en mitad de la noche.
-…con
Violet-acabé la frase y volví a mi asiento.
Alzó
una ceja y una sonrisilla picara se dibujó en sus labios. Su mente se estaría
imaginando cosas que no eran.
-¿Con
Violet, eh? Jujuju…
-Dot,
tu mente perversa sí que da miedo-susurré.
-¿Ha
pasado algo? ¿Se ha declarado? ¡No me lo cuentes! Os habéis besado en mitad de
la noche solitaria, haciéndoos arrumacos y por ese motivo no has dormido-dijo
encantada, con los ojitos echándole chispas.
-Primero,
he dormido mal porque estaba tumbado en el suelo. Segundo, no se me ha
declarado y espero que no lo haga jamás. Y por último, se supone que ahora
somos amigos-señalé un poco enojado y Dorothy puso morros.
-¿Amigos?
Bueno, por algo se empieza. Pues me alegro mucho por ti, Leo. Te mereces una
amiga en ese infierno-recogió su plato y una vez en la puerta se despidió.
-Siempre
hace lo mismo. Viene de repente y se va sin motivos-refunfuñé-bueno, manos a la
obra. Esta casa no se limpia sola-me arremangué la camiseta, llené el cubo de
agua y friega-suelos y comencé mi tarea de maruja.
En
casa de Violet…
Mi
madre me abrazo con tal énfasis que casi me aplasta. Me cubrió la cara de besos
e intenté apartarla como pude, sin éxito. Cuando se ponía de aquella forma
resultaba insoportable, aunque algo común en todas las madres.
-¡Estoy
viva mama!-gruñí y me la quité de encima.
-¡Estaba
tan preocupada! ¡Tan, tan, tan preocupada! Creí que te habían secuestrado. Ya
iba a llamar a todos los policías del mundo entero para que te buscaran…
-Lo
peor de todo es que hubieras sido capaz-resoplé-estoy un poquito cansada. Me
voy a mi habitación y deja de llorar, ¿vale? Ya estoy aquí.
El
cuerpo dolido por el suelo crujió un poco al subir las escaleras. La espalda me
recordaba que necesitaba con urgencia un colchón y no quedaba otro remedio que
obedecerla.
-Ya
va, ya va-me desnudé hasta estar en ropa interior y me arrojé a la cama. Los
muelles chirriaron un poco, sin embargo, mi existencia me lo agradeció con
ahínco. Lo último que consiguió vislumbrar mi mente, antes de caer en un
profundo sueño, fue la sonrisa sosegada de Leo.
Desperté
a media tarde, con el cuerpo mucho mejor y la cabeza tan despejada como si me
hubieran tirado un cubo de agua helada.
-Tengo
hambre-dije tras darme cuenta de mi estomago.
Comí
un montón (hacía ya un tiempecito que no sentía tanto apetito) y llamé a alguna
amiga para salir, con tal mala pata que Angie estaba con David y Robin en una
comilona de negocios. Lyne, menos mal, se hallaba disponible.
-Me
apetece tomar algo o ver una peli-sugirió.
-Ven
a mi casa, jugamos al sing star y vemos lo que tú quieras.
-¡Chachi!
Traigo yo las palomitas-colgó y fui a vestirme con algo más adecuado que el
pijama.
Mi
madre dejó una nota explicándome que estaba en casa de una amiga suya haciendo
de canguro y que volvería bastante tarde.
Lyne
trajo algún sing star suyo y comenzamos a cantar como descarriadas, gritando y
berreando. Después, preparamos las palomitas y nos tragamos una maratón de
películas de cine independiente en el canal Hoollywood.
-Bueno,
Violet-dijo cuando Jack el destripador mató a su última víctima-creo que es
hora de irme.
-¿No
quieres quedarte a dormir? No me gustaría que algo te ocurriera.
Pensó
la idea, asintió y llamó a sus padres para informarles.
-Por
la mañana me iré tempranito, que tengo sesión doble de música.
-Y el
lunes más-reí y ella suspiró algo asqueada.
Cenamos
unos sándwiches y cotilleamos acerca de nuestros institutos.
-Pues
la parejita de oro rompió ayer-musitó-con lo bien que se llevaban…
-Ya
imaginé que no durarían mucho, tras lo que me contaste.
-Por
cierto, ha venido un chico nuevo a mi currele-Lyne, aunque su familia era rica,
quería participar en la economía del país.
-¿Es
guapo?-pregunté en seguida.
-Es…es
un clon-bajó la vista y las mejillas se colorearon con fuerza.
-¿Un
clon? Bueno, es normal que trabajen en pastelerías-me pareció algo de lo más
común.
Lyne
fijo su vista en mis ojos y la seriedad que mostraban me dejó perpleja en el
asiento, petrificada.
-Como
le digas esto a alguien morirás-señaló y respiró hondo, muy hondo, hasta que sus
pulmones se dieron por satisfechos-creo que me gusta-y así el aire escapó de
una sola expresión.
-¿Gustarte?
¿A…ti?-las palabras se ahogaron en mis cuerdas vocales y mi amiga se sintió
incomoda. Lyne, la que siempre despotricaba cosas sobre clones, la que los
humillaba, odiaba… ¿enamorada de uno?
-¡Lo
sé, lo sé, lo sé! Es una contradicción y no debería ser, pero estoy
preocupada-era la primera vez que la veía actuar de forma tan femenina.
-¿Cómo
se llama?
-Cedric.
Llegó nuevo hará casi dos semanas. No comenté nada porque no le di importancia,
ya ves, un clon en una pastelería. Sin embargo…no sé, Violet. Todos los que
trabajamos allí le despreciamos nada más llegar y marcamos bien el territorio.
Ni se inmuto. Curra de forma tranquila, relajada, con una torpe sonrisa para
contentar a clientes que lo aborrecen. Me fui fijando cada vez más en él, sin
comprender su postura. El martes el encargado explotó alegando que faltaba
dinero en la caja y le echó las culpas a Cedric, claro. No abandonó su sonrisa
y se demostró que era inocente. Me lo quise negar a mí misma, pero le admiré.
Su fortaleza, su calidez, su torpeza…-me explicó con los ojos brillantes.
-Y
has acabado enamorándote de él-sonreí-me alegro.
-¡No!
¡No puedes alegrarte de mí! ¿Sabes qué significa? ¡Jamás podré estar con él y
eso me hace sentir miserable! Porque yo era como toda esa gente que no me
permite estar a su lado-al fin estalló en un berrinche incontrolable y yo la
abracé con fuerza, dándole ánimos y consolándola.
-Vamos
a dormir, ¿vale?-se puso un pijama de los míos y se metió en la cama, aún un
poco espesa.
-Buenas
noches, Lyne-le di un beso en la frente y me acomodé.
-¿Por
qué no has reaccionado? Te lo has tomado demasiado bien-esperaba que montara un
drama o algo por el estilo.
-Lyne,
a decir verdad, a mí también me gusta un clon-me atreví a decir por fin. No
deseaba guardar durante más tiempo ese sentimiento que concebía tan mío, tan
exasperado y a la vez, imaginativo y azucarado.
-¿El
de tu clase?-ella sí que se sorprendió-¡Vaya, que callado te lo tenías, pilla!
-Es
un buen chico aunque vaya de indiferente-recordé su sonrisa en el aula cubierta
de libros y mi pecho se ensanchó.
-Es
el primer chico que te gusta-rió-¡al fin! Habrá que ir a celebrarlo.
No
contesté, no solté silaba. Cerré mi boca y me dispuse a dormir. ¿Celebrar?
¿Celebrar qué? ¿Qué los chicos con los que ambicionábamos estar eran
inalcanzables? ¿Qué la cárcel nos esperaba?-a nosotras y a ellos-¿Romper las
normas y que nos dieran palizas? ¿Aquello era motivo de festejo? No, claro que
no. Lo único que traería una relación de ese tipo sería padecimiento y
amargura, no obstante, aún así, mi corazón pretendía intentarlo, a pesar de que
la cabeza chillaba las leyes básicas de nuestra sociedad. No, no me rendiría.
Lucharía a tientas por lo más importante en mi vida, aunque me apaleasen,
escupiesen, encerrasen o matasen.
Aquí
voy Leo Waldorf, dispuesta a enfrentarme a cielo o mar con tal de enamorarte.
Lyne
se fue a la mañana siguiente, sobre las ocho en punto o así. Como ya estaba
desvelada decidí pasarme por una cafetería que hacían unos dulces deliciosos.
El
sol acariciaba todo lo que contemplaba, llenándolo todo con una luz inusual.
Las nubes navegaban en lo alto del manto azul claro y no reprimí una risita que
pedía salir a observar también el astro amarillo.
Me
senté en una mesa algo alejada, pedí un café con leche y un trozo de pastel,
sin solicitar uno en concreto. Me gustaba que los camareros me sorprendieran.
Bebí
mi café relajadamente, calentándome las manos con el calor que desprendía la
taza a causa de su contenido interior. El pastel estaba prodigiosamente rico y
pedí otro trozo.
Pagué
la cuenta y salí a dar una pequeña vuelta. Si mi madre se levantaba y no estaba
allí, sería capaz de llamar a todo el barrio y empezar mi misión de búsqueda y
captura.
Pase
por delante del parque donde a Leo le dieron una paliza.
-¿Por
qué no?-me encaminé hacía lo desconocido. El lugar se hallaba vacío, aunque
pude vislumbrar un pequeño bulto a lo lejos. Tal vez…tal vez…
-¡Si
que eres tú!-exclamé al verle allí tumbado, semidormido.
-¿También
te gusta perseguirme en los fines de semana?-preguntó irritado. Vaya, había
interrumpido su sueño.
-Te
he encontrado de casualidad-me senté a su lado y él se incorporó un poco.
-Siempre
me encuentras de casualidad-suspiró y vi que tenía un libro abierto al lado.
-¿Qué
lees?
-Fausto,
de Goethe-cerró el libro y me mostró la portada.
-Me
suena de oídas pero nunca lo he leído-dije con sinceridad.
-Es
algo complicado. Me lo leí por primera vez con once años. No me enteré de nada,
era un niño. Aunque ahora sí que empiezo a entender bastantes cosas…-le miré
con curiosidad, interesándome por su vida pasada.
-Ojala
fuera tan inteligente como tu-le alabé y puso mala cara-sabes muchas cosas,
debiste tener una educación fantástica.
-Nada
fuera de lo normal-se alzó y emprendió su marcha sin decir ni mu. Estaba
acostumbrándome a su forma de ser, a que nunca se despidiera y parara de hablar
cuando veía que decía mucho sobre sí mismo.
-¡Hasta
mañana!-me despedí con mi mejor sonrisa y él no se giró ni para verla-bueno, no
puede cambiar de golpe.
El
lunes llegó, para suerte o desgracia de algunos. Consumí un buen tazón de
cereales y salí con una energía y un buen humor arrollador.
Angie
me esperaba a mitad de itinerario, como todos los comienzos de semana y
caminamos contándonos todo lo sucedido en el fin de semana. Ella me habló de
David, por supuesto, de lo romántico que era y que por fin se había atrevido a
cogerle de la mano.
-Es
tan adorable-repetía constantemente-tan y tan adorable.
Con
esa misma canción arribamos al instituto.
Saludé
a Leo desde mi asiento y él solo movió un poco la barbilla. La hora de
matemáticas paso volando y temí demasiado a la siguiente hora, francés. De ser
una de mis profesoras más queridas, Leveque, pasó a ser de las más odiadas. Nos
pediría explicaciones sobre el caso de la biblioteca y no tenía ganas de
dárselas. Esa noche había sido la mejor de mi vida, una especial que guardaría
en la zona más dulce de mi interior.
-Tengo
vuestros exámenes, jovencitos-explicó nada más entrar-todos estáis
aprobados-sonrió de forma tierna hasta alcanzar a Leo. Se fulminaron mutuamente
con la mirada-para celebrar este hecho he pensado en poner una película-toda la
clase gritó con entusiasmo, excepto Leo y yo-vale, tranquilos, tranquilos.
¿Quién me echa una mano con el Dvd?
La
película era ñoña, sosa y romanticona hasta rozar el límite de lo pastelero.
Aquél tipo de largometrajes no me gustaban, aunque Angie parecía estar
encantada.
La
hora de la comida hizo acto de presencia mediante el timbre, después de
Historia. El hambre no me afectó mucho, ya que mi cuerpo no lo poseía y solo
cogí un sándwich y una bebida light.
Angie
me guardaba un sitio en la mesa, sin embargo, le dije que hoy me apetecía
sentarme en otro lugar, con Leo.
-¿Puedo
sentarme?-murmuré en la mesa más alejada de todas.
-Haz
lo que quieras-dio un mordisco a su bocadillo y bebió de su bebida-¿no te
importa lo que los otros digan?
-Si
me importasen no estaría aquí-continuamos con nuestra comida en silencio,
mientras notaba por doquier las miradas de sorpresa procedentes por todos los
alumnos.
-El
viernes es fiesta, ¿lo sabes?-creo que no-¿te apetece quedar para dar una
vuelta?
-¿Por
qué tendría que malgastar mi tiempo contigo?-tan tajante y borde como era de
esperar.
-Se
supone que somos amigos-soplé.
-Mi
tiempo es valioso-se levantó y depositó el plato con los demás que estaban
sucios.
“No
importa”, me dije, “no debes desistir Violet. Si caes todo está perdido”. Era
tan fácil darme ánimos y tan difícil cumplirlos. Fui con los otros, que
charlaban sobre lo que harían durante el puente. Nadie me preguntó nada porque
mi rostro de inocencia se borró, siendo sustituido por uno más rudo.
Tras
la comida, agarré mi mochila y me dispuse irme a casa. Se lo comuniqué a Angie,
que me dijo que ya informaría a los profesores sobre mi salud delicada.
-Maldito
Leo-fue repitiendo como un disco rayado mi fuero interno-maldito, maldito,
maldito… ¡Ya basta! Si sigues pensando
así no conseguirás nada, estúpida.
Arrojé
la mochila y me cambié la ropa, dispuesta a no tornar a salir en lo que quedaba
de día. La cabeza amenazaba con explotar y me acosté para aliviarla un poco.
Viernes
La
semana pasó en un pestañeo y al fin llegó el tan ansiado viernes, el inicio de
un descanso de tres días.
Me
pase la mañana dormitando en la cama, sin atreverme a salir. Tomé la decisión
de salir por la tarde con alguna de mis amigas, no obstante todas estaban
ocupadas con una cosa u otra, así que desistí y me fui solita al centro
comercial, a mirar ropa y comprarme un videojuego.
Dentro
del edificio se oían las risas joviales de jóvenes parejas y los niños que
estiraban las faldas de sus madres para pedir un juguete o algo dulce para
introducírselo a la boca.
Ningún
vestido me tentaba, las camisetas me observaban desde sus perchas suplicándome
que las comprara y los pantalones rugían con urgencia, ansiando salir de los
ganchos que los sujetaban.
La
tienda de videojuegos estaba abarrotada de viciados sin remedio, sin embargo,
mi detector pudo captar su presencia. Un aura le envolvía mientras leía una
revista específica de una consola moderna.
-Buenas-saludé
y él dio un respingo hacía atrás.
-¿Te
has instalado un chip para encontrarme con facilidad?-resopló y reí ante el
acierto.
-Más
o menos-bromeé-ahora en serio, ¿tu por aquí?
-A
veces necesito salir de casa, ¿sabes?-replicó malhumorado.
-Sí,
claro, lo entiendo. Cambiando de tema, ¿has visto por aquí el sword of
etheria?-me indicó el escaparate y lo compré. Hacía tiempo que buscaba aquél
juego para la PS2.
Dimos
un paseo por más tiendecitas (Leo se resistió un poco a acompañarme, pero
desistió rápidamente) como la floristería o alguna tienda de ropa más. Me probé
dos modelitos que él aprobó con cierta desesperación y justo cuando iba a coger
las bolsas, las agarró primero.
-¿Leo?-musité
sorprendida.
-Vamos,
anda-me hizo un gesto con la mano para continuar con nuestra ruta de
adquisiciones.
Recorrimos
un poco más el lugar hasta que mi reloj dio la orden de aviso. Era hora de
regresar a casa o mi madre se pondría realmente histérica.
Salimos
del centro. Debía coger un autobús que pasaba cada media hora (siempre acababa
retrasándose) y tragarme un viajecito de otros dos cuartos de hora para llegar
a casa.
Una
gota repicó sobre mi cabeza y me fijé que había comenzado a llover.
-¡Perfecto!-farfullé-ahora
espera tu el bus con esta lluvia-maldije al señor del tiempo y oí la
respiración de Leo en mi espalda-¡los días de lluvia tarda más!
-Ven
a mi casa-sentenció-está cerca.
-¿A
tu casa?-tragué saliva y mi piel fue palideciendo-¿A su casa? ¿A su casa? ¿A su
casa?-mis pensamientos fueron haciendo eco en las paredes craneales.
-¿Vienes
o no?-echó a correr y le seguí, a duras penas, sin saber muy bien como convenía
actuar.
Nunca
me imaginé que Leo pudiera estar viviendo en el barrio residencial de la clase
alta (con Robin y los pijos de la ciudad). Abrió la puerta casi de una patada y
penetramos en aquél interior para que nos resguardara de la lluvia helada.
-El
baño está arriba, segunda puerta. Te traeré un pijama-se saco la ropa a medida
que subía las escaleras, sin importarle que estuviera mirándole o no. Su piel
resplandecía por el agua y de la punta
de sus cabellos caían gotas tan brillantes como el sol, que caían en su espalda
y resbalaban hasta desvanecerse por debajo del pantalón.
Entró
en lo que parecía ser su habitación, de
un verde vivo y claro, impactante y relajante al mismo tiempo. Salió con un
pijama doblado en la mano y me abrió la puerta del baño.
-Es
de Dorothy, te irá bien. Luego llama a tu madre y di que te quedas a
dormir-cerró la puerta del cuarto y me quedé allí plantada, con semblante de
confusión. ¿Quedarme allí a…a…dormir? Esto cada vez se ponía mejor.
Me
froté a conciencia con el jabón hasta que mi piel se quedó roja y me lavé el
cabello con un champú de jazmín que Leo no usaba (el bote estaba lleno).
Me
acomodé con el pijama (me observé un par de veces en el espejo para
concienciarme que me quedaba bien) y deposité la ropa sucia en un cesto.
Mientras
bajaba las escaleras un olor a comida recién hecha lleno mis fosas nasales. El
comedor, contiguo con el salón, disponía de una enorme mesa con un jarrón de
flores frescas y dos platos como única decoración.
-¿Es
para…?-aún no me entraba en la cabeza toda aquella amabilidad.
-¿ti?
Si quieres lo tiro-se metió un primer bocado y cenamos en silencio sepulcral.
Me daba vergüenza que me estuviera viendo con pijama, recién duchada y con el
cabello mojado y rebelde.
-Ahora
llama a tu madre, que no se te olvide-recogió los dos platos y se adentró en la
cocina.
Hallé
el teléfono y marqué con cierta seguridad el primer digito de mi hogar, para
colgar de repente y llamar a toda prisa a Lyne.
-¿Diga?-respondieron
en el otro extremo.
-¡Lyne!-musité
y le expliqué la situación-así que, si llama mi madre dile que estoy por allí,
¿vale?
-Mensaje
captado. Pásatelo bien, pillina-rió e iba a replicar, pero colgó antes de tener
una oportunidad. Acto seguido hablé con mi progenitora, que no puso ninguna
pega frente a mi incredulidad.
Leo
estaba sentado en el sofá, con la tele encendida y sin ver nada en concreto. Me
senté en el otro extremo del sofá e intenté romper el hielo con cualquier cosa,
no obstante, mi cabeza no parecía muy dispuesta a echarme una mano aquella
noche.
-¿Te
gustan las pelis de acción?-preguntó y asentí. Todavía no alcanzaba a adivinar
porque me había dado refugio en su
hogar. Lo más sorprendente es que vivía completamente solo porque nadie más nos
sorprendió.
El
corazón retumbaba entre mis costillas, anhelando escapar de mi pecho y posarse
sobre sus labios rosados. Contuve la respiración y me tranquilicé, aunque él
seguía con su ritmo acelerado.
No me
enteré del argumento del largometraje, ni me hacía falta. Estaba ocupada
memorizando las largas y negras pestañas de Leo, los hoyuelos casi invisibles que
se formaban en sus mejillas redondeadas y cuantas veces pestañeaba por minuto.
-Vete
a la cama cuando tengas sueño-dijo de repente, sacándome de mis cavilaciones,
con su voz directa y levemente grave.
-¿Por
qué me has hospedado en tu casa?-solté-no hacía falta que fueras tan amable.
-No
es de caballeros dejar a una mujer sola en mitad de la lluvia y más, si tiene
que coger un transporte público que no va a arribar-respondió sin prestarme
atención, como si hubiera sido algo natural.
Así
que era por eso. La felicidad se extendió por toda mi mente y mi espíritu tiró
fuegos artificiales. Sonreí ante aquellas palabras y hundí la cabeza en mis
rodillas.
-Gracias-logré
decir y él meneó la cabeza-gracias-repetí. Un bostezó amenazó con arruinar mi
alegría. ¡Aún no sentía ganas de meterme en la cama! Otro bostezó más grande me
delató y Leo refunfuñó.
-A la
cama.
-Quiero
ver el final de la película-mentí y él no abrió más la boca. Los parpados
empezaron a ser cada vez más pesados, hasta que al fin los cerré y la oscuridad
me abrazó en mi letargo.
Leo…
Noté
un peso sobre mi hombro y giré el cuello para confirmar que Violet se había
dormido. Su respiración acompasada, su boca entreabierta y sus ojos cerrados
hicieron que mi corazón se despertara de una larga era glacial. El hielo
aminoró un poco bajo su calor, pero solo muy poco.
La
envolví con mi brazo y acaricié sus cabellos húmedos. Escuché con atención el
ligero ajetreó de mi órgano central y sonreí.
-El
amor es un pecado-me embriagué con su perfume y reseguí con el dedo el volumen
de su labio inferior-tabú.
Cargué con ella en brazos y subí las escaleras
con cierta dificultad. Dormía como un angelito y no quise despertarla.
¿Desde
cuándo mi corazón se había despertado de su profunda congelación? ¿Por qué me
importaba aquella vida insignificante en un planeta donde los de su especie me
repudiaban? ¿Por qué sentía tantas ganas de abrazarla y amarla hasta que mi
vida entera enloqueciera? ¿Desde cuándo su presencia había significado tanto
para mí? Porque con su sola sonrisa la tormenta de mi amargura se esfumaba y la
luz penetraba entre las rendijas de las nubes aún no eliminadas.
Abrí
los ojos al percibir cierto movimiento y me descubrí entre los enérgicos brazos
de Leo que me sujetaban con convicción.
Entrelacé mis manos a su cuello y apoyé mi cabeza en su pecho.
-Te
quiero Leo-murmuré, semidormida, con un hilillo de voz casi imperceptible y él
me miró asombrado. Creí que no me había escuchado.
-¿Violet…?-me
depositó en el suelo con cuidado y bajé la cabeza, deseando que la tierra me
tragara y me tele transportara a un país lejano.
-No
pensé que pudieras oírme-insulté a mi subconsciente y me mordí la lengua con
fuerza. Mis mejillas me escocían y la timidez me embelesaba el alma-lo siento,
lo siento mucho, Leo. Me iré ahora mismo a casa y…-las lágrimas cubrieron mi
rostro y él me las secó.
Sus
ojos me contemplaron, desnudándome por completo y dejándome tan solo con mi
vergüenza y el amor abrasador que crecía en mi seno.
-¿Por
qué te vas a ir?
-Porque
ahora mismo debes odiarme-el llanto no paraba y creí morir en ese instante-yo
no pretendía…
No
terminé la frase porque sus jugosos labios me taparon los míos. Dulce beso esperado que te hacías de rogar,
ahora ya estabas implantando en mi ser y no te dejaría escapar. Abrí un poco la
boca y saboreé con gusto su aliento y la lengua que ahora solicitaba su
entrada. Aferré su cabeza con mis manos, como si todo aquello fuera irreal,
como si nunca hubiera despertado en realidad. Pero era cierto y la pasión de
aquél primer beso se instauró en mis entrañas para el resto de mi mortalidad.
-Vete
a dormir-dijo tras dar por finalizada la tarea-¡Vete a dormir!
Me
metí en la habitación, con el corazón en la boca y los latidos resonando por
toda mi mente, con el éxtasis en la punta de la lengua y sus manos todavía en
mi cara.
Me
tumbé en la cama, más confundida que contenta, preguntándome trillones de veces
por lo que acababa de ocurrir. ¿A él también…? ¡No! Por supuesto que no. Habría
sido una equivocación, un acto que no simbolizaría nada para Leo. Y la
desesperanza picó a la puerta de mi alegría y le negué el paso.
-¡Cumple
lo prometido Violet!-me grité-podrás hacerlo. Harás que se enamoré de ti.
No
dormí muy bien en toda la noche, advirtiendo la presencia de Leo en el otro
lado de la pared.
A la
salida del sol, bien temprano, recogí mi ropa sucia que se hallaba húmeda. Me
vestí a pesar de todo y me marché sin hacer ruido para no molestar. Leo querría
estar solo, organizando sus ideas y sentimientos respecto a mi persona.
¿Qué
diablos pasaría por mi cabeza para haber cometido aquél gesto tan impropio de
mí? ¿Sus lágrimas, quizá? No, el detonante fue aquellas tímidas palabras
escapadas por su boca.
-“Te
quiero Leo”-todavía viajaban por mis recuerdos, negándose a ser
olvidadas-¡Maldito seas, Leo! ¡Eres un apestado, un renegado, un clon! Ella se
merece algo más que eso-insultarme no era la mejor solución, así que decidí
llamar a Dorothy para ver si era capaz de aconsejarme.
Tardó
menos de un cuarto de hora en presentarte en mi casa, alucinada por haberla
llamado con tanta urgencia.
-¿Es
muy grave?-preguntó cuando le abría la puerta.
-Dímelo
tu-nos acomodamos en uno de los sofás y le expliqué que Violet se había quedado
a dormir a causa de una lluvia repentina.
-¿Solo
a dormir?-señaló con aire picaron-es broma Leo. Te lo tomas todo muy en serio.
-El
problema es…-inhalé y expulsé el aire un par de veces y me atreví a seguir
hablando-que me ha dicho que me quiere.
Dorothy
se sorprendió demasiado, con la boca desencajada y los ojos desorbitados.
-Y después
la besé-reconocí al fin y ella, sin saber muy bien como, parecía estar aún más
estupefacta.
-La…la...la…
¡BESASTE!-chilló eufórica-¡LEO! ¡Oh Leo! Si supieras lo orgullosa que estoy-me
cogió las manos y dejó entrever una falsa lagrimilla-¡Al fin sabes cómo amar!
-¡Quieres
no sacar conclusiones precipitadas!-hice que se sentara en la silla y la serené
como pude-no estoy enamorado, Dot…no lo sé. Yo soy lo que soy y ella es lo que
es-concluí.
-No
eres lo que eres, Leo. Tu posees algo que ninguno de nosotros logra gozar, algo
denominado libertad-sonrió y yo sacudí la cabeza.
-Yo
no disfruto de ninguna libertad. Sigo siendo un clon, alguien repudiado por los
de ahí fuera.
-¡Eres
diferente! Naciste para vivir una vida como cualquier ser humano, ese es tu destino-intentó
convencerme de aquello, siempre lo intentaba, sin embargo, jamás me dejaba
embaucar.
-¡No!-gruñí-sigo
siendo un miserable clon, Dorothy. La gente me mira con asco cuando camino por
la calle sin meterme con nadie. Todos me observan de igual forma…
-¡Violet
no! Puedes ser feliz a su lado, Leo. Vivir algo pleno, bonito, mágico…debes
deleitarte por nosotros, amigo.
-Es
mentira. Nunca conseguiré libertad, a ver si lo asumes de una vez y dejas de
decir que soy diferente-musité con cierta aspereza y Dorothy me clavó su dura
mirada en mis ojos.
-Eres
un cobarde-señaló-un autentico cobarde.
-¿Cobarde?
¿Cobarde?-repetí perplejo ante tal acusación.
-En
efecto. Un cobarde que se esconde tras un velo de indiferencia, haciéndose la
víctima, obligándose a él mismo a ser repudiado y, ¿sabes por qué? ¡Porque
tienes miedo a abrazar la libertad que te ha sido encomendada!-me echó en cara.
-¡Yo
no me escondo detrás de nada! ¡Sufro igual que todos! ¡Me golpean, me escupen,
me odian!
-Porque
no eres capaz de plantarles cara y reclamar tu libertad-respiró hondo para no
alzar más la voz y negó con la cabeza-¿sabes que pienso? Te aterra aferrarte a
la libertad porque te horroriza descubrir que te gusta vivir-cogió su bolso y
antes de cruzar el umbral susurró-es más fácil decirle a tu conciencia que eres
un marginado con tal de no enfrentarte a la vida real-cerró la puerta con de un
golpe brusco y me quedé allí sentado, enrabiado y con ganas de lanzar todos los
objetos de la habitación al suelo.
Arribé
a mi casa con la cabeza repleta de ideas, a punto de explotar. Mi madre se
hallaba dormida en el sofá, con un libro en el suelo y algunas fotos
desparramadas. Me acerqué en silencio, sin intención de despertarla, y recogí
el libro y las fotografías. Eran bastante viejas y reconocí a mi padre en una
de ellas. Alto, sonriente, con mis ojos y mis cabellos. Detrás de aquella foto
se hallaba la de aquél tipo extraño llamado Nathan.
-¿Quién
diablos eres y qué hiciste con mi madre?-le pregunté directamente a él, aunque por supuesto no me respondió.
Con
una idea más vagando en mi cabeza subí a mi habitación para acostarme un rato,
algo imposible, vaya.
Ahora
mi mente se preocupaba por el tipo llamado Nathan y la antigua relación entre
él y mi progenitora. Era un clon, eso seguro. Sin embargo, nada de aquello
poseía sentido o coherencia.
-Mi
madre amó a un clon llamado Nathan-me aseguré-pero…-contemplé una idea con una
despiadada lucidez-¿y si él fuera mi padre?-me llevé las manos a la cabeza,
removiéndome el corto cabello-¡No puede ser, Violet! No… ¿y si…?
Me
despojé de mi ropa sucia y mi pijama fue bienvenido. ¡No tenía suficientes
quebraderos de cabeza, no! ¿Alguien quería añadir algún problema más? ¿Alguna
preocupación?
-¡Venga!
¿A que esperáis? ¡Soy Violet, la chica con más complicaciones de cabeza que
haya existido nunca, señores!-le chillé al aire y este no me hizo caso. Mi
subconsciente me abofeteó con el beso de Leo y grité una vez más para aclararlo
todo-primero resolver las cosas con Leo y segundo, reunir información sobre ese
tal Nathan-si no lo hacía de esa forma mi locura estaba 100% asegurada.
Así
que aparqué a Nathan por un tiempo indefinido y me concentré en el primer
asunto, Leo. ¿Por qué me beso? ¿Realmente sentiría algo por mí? No lo pensaba
de verdad, pero si aquella posibilidad era existente… ¡No! Debía ser realista y
no dejarme llevar por sueños y esperanzas que quizá acabarían rotos,
destrozados.
-Entonces,
¿por qué ese beso?-pensé y pensé sin sacar nada en claro. Solo obtuve una hipótesis,
que le daba pena, aunque no era el tipo de persona que hacía eso por compasión.
Me
levanté del frío suelo, me cambié y me dispuse a salir. Creí que el aire me
despejaría la espesa capa de humo que entorpecía mi razonamiento.
Paralelamente…
Las
palabras de Dorothy estaban cargadas de verdad, aunque dolorosas, no pretendían
hacerme daño. Abrirme los ojos si, herirme no. ¿Realmente era un ser libre?
¿Merecía disfrutar de todo lo que me ofrecía la vida? ¿Por qué yo y no otro?
Cualquiera hubiera ido bien, perfecto, más luchador, dispuesto a defender con
uñas y dientes su propia existencia, sin embargo, la vida se topó con un
cobarde inútil, con mido a vivir, a enfrentarse al mundo.
Era
cierto, todo lo que había dicho Dorothy era innegable Aquella fue mi
confirmación y ya no poseía fuerzas para estar en contra. ¿Y Violet? ¿Sería
feliz con ella? ¿Sufriría por mi culpa? Yo no quería verla padecer…no quería
causar pena a nadie. Con hacerme daño a mi mismo era suficiente. No obstante,
¿Por qué deseaba estar a su lado, tocarla, protegerla, amarla hasta el fondo de
mi seno? Ella podría tener a un chico mejor, nacido de un útero natural, con
derechos y toda la vida resuelta ¿Para qué estar con un clon nefasto y
marginado que lucha por unos derechos que goza pero que nadie se los concede?
¡Claro
que no ansiaba que estuviera con otro! La sola idea me revolvía el estomago, me
enfurecía y la ira hinchaba mis ojos.
-Sabes
que está prohibido. Dorothy tendrá razón, pero todavía soy un cobarde-me reí de
mí, de lo patético que era. ¿Luchar? ¿Cuánto tiempo? ¿Amar? El amor nunc acaba
bien…y entonces una luz enfocó mi cerebro y recordé el cariño de un padre hacía
su difunta esposa. No amó a nadie más. Hasta el fin de sus días agonizó por no
poder morir, por no permanecer a su lado. Admirable. Impresionante. Un claro
ejemplo del amor verdadero.
Cuando
dejó este mundo, con un hijo odiado por todos, sonrió y lloró de felicidad. Su
sonrisa aliviada, sus últimas lágrimas porqué su principio comenzaba, junto a
ella, junto a la dueña de su alma.
-Nunca
seré libré, padre. No tendré jamás el futuro que deseaste para mí persona. ¡Tú,
que me concebiste para ser tu hijo y no tu salvación! ¡Tú, que me diste todo lo
que tengo! ¿Me ves? ¿Ves lo patética que es tu sangre? ¿Tu piel? ¿Tu carne? ¡Te
odié desde que decidiste traerme al mundo! ¿No hubiera sido más feliz seguir
siendo parte de tu cuerpo? ¡Mírame! ¡Observa mi cobardía! ¡Observa el odio que
guardo hacía ti!-lloré a gritos, como nunca. Saqué la angustia que me carcomía
por dentro, muy al fondo de mi alma, de mi corazón, de mis entrañas y de mi
razón.
Me
levanté, con la poca dignidad que aún me quedaba, y me dirigí a la ducha. El
agua fría me despojó del enfurecimiento y me calmó. La ropa que olía a
detergente se ajustó a mi cuerpo. Agarré las llaves, las metí en el bolsillo y
decidí dar una vuelta por cualquier lugar sin gente.
El
parque guardaba silencio para arrinconarme con mis cavilaciones. Nada relució
por mi mente y las hipótesis y esquemas que se formaban, se venían abajo
mediante un razonamiento nuevo.
Solo
saldría de aquél pozo sin luz hablando directamente con el sujeto en cuestión.
-Como
si resultara tan fácil, ja-protesté y continué con mi lluvia de ideas.
El
sitio más tranquilo para pensar contigo mismo era el pequeño montículo,
compuesto de arboles, hierbas, bancos y alguna cancha de básquet, que los
humanos insistían en llamar parque.
Miraba
al suelo cuando penetré en el lugar, sin notar a presencia de una mujercita que
me inspeccionaba de hito a hito. Justo cuando alcé la cabeza, nuestros ojos
chocaron. La vergüenza saludó con esmero nuestras mejillas y la incomodidad sopló, junto al
viento.
Leo
de frente, con la cara enrojecida y el rostro cubierto con su máscara de
indiferencia. Aquella era la oportunidad perfecta. Solo habían pasado unas
horas tras el asunto innombrable y los pensamientos serían algo más claros,
menos empantanados.
-¡Leo!-chillé
y en un santiamén estaba a su lado-¿paseando?
-Si-sonó
rotundo, seco y conciso. Como me gustaba cuando se comportaba de aquél modo.
-Yo
pensaba, ¿sabes?-bravo por mí. Una forma muy sutil de sacar el temita.
-¿Pensando?-vaya,
así que pensando. Y yo sabía muy bien cuál era el motivo de su razonar. La
contemplé un segundo, con su rostro feliz, radiante, cargado de algo que no
acababa de reconocer. Hermoso. Envidiable. La quería y la envidiaba, todo
mezclado. La anhelaba por ser ella, por sonreír, por ser tenaz y no rendirse.
La envidiaba por su condición, por lo que era, por sus derechos.
-Yo
intentaba hacerlo-respondí-sentémonos.
Asintió
y un banco nos acogió sin rechistar.
¿Cómo
proseguir? “Verás Lo, el beso…” ¡No! “Bueno, lo que yo venía a contarte”
¡Menos! “Te quiero, bésame otra vez” ¡Tampoco!
-No
te rindas Violet. Si lo haces todo estará perdido-me animó mi yo valiente.
-En
realidad, he venido a pensar en lo nuestro-afirmó sin mirarme, con su voz grave
y con rastro abatido.
-¿Lo
nuestro? ¿Es que hay algo?
-Yo
me atrevería a decir que sí-murmuró y se removió un poco.
-¿Y
qué hay? Vaya, solo nos hemos besado…En fin, para mí significa algo porque…-se
me trabó la lengua y me fui apagando tras escuchar las palabras en mi cabeza.
-¿Me
quieres?-terminó demasiado bien la frase.
-Exacto-sonreí
para no parecer nerviosa, pero no sirvió de mucho.
-No
sé porque actué así, sin embargo, lo hice y te pido disculpas por ti te he dado
algún tipo de esperanza-lo que más me sorprendió del conjunto de vocablos, no
fue el significado, sino ese tono de voz de alguien que muy pocas veces se
disculpa con sinceridad.
-Tranquilo,
no me he dado ninguna. Soy realista y prefiero no soñar con el sabor de las
nubes-observé mis pies y me sentí vacía. Una sensación que jamás había
experimentado antes. ¿Era eso el gusto de un amor sin corresponder?
-Pues,
si ya está todo dicho…
-Pero-añadí
cuando vi que se levantaba-en realidad, ¿es tan malo amarte? ¿Es un pecado?
¿Es…incorrecto enamorarse de alguien como tú? Porque considero que no está mal.
Te quiero. Te amo. ¿Tengo que temer quererte?-se cuajaron las lágrimas en mis
ojos, humedeciéndolos y haciendo borrosa mi visión-¡Yo quiero estar a tu lado!
¿Por qué no puedo? ¿Por qué está prohibido? Mi cerebro me implora que renuncié,
pero mi corazón…mi corazón…-el llanto estalló y refugié mi tristeza entre mis
manos, ahogándose en aquél río de desazón.
-¡No
llores! ¡No llores!-gritó mi fuero interno-¡No llores! ¡No llores! ¡No llores!
¡Cállate, cállate, cállate!-apreté los puños hasta que adquirieron un color
blanquecino, me mordí la lengua hasta saborear el hierro en mi boca e intenté
apartar la vista de su rostro bloqueado por sus manos-será peor si lloras…-susurré-en
serio.
-Lo
siento, he explotado. No pretendía hacerlo ante ti-se secó las gotas que aún
estaban adheridas a su piel y se levantó-ya nos veremos-echó a correr y algo en
mi interior se movió por inercia.
-¿Qué
haces imbécil? ¿Vas a dejar escapar lo único que te ha importado alguna
vez?-respiré hondo y chillé-¡Hazlo!-se paró en seco y giró la cabeza para
encontrarse con mi persona-¡Ámame tanto como gustes, porque yo lo haré hasta
que todo mi ser supliqué un descanso!
¿Todo
lo que penetró en mis oídos era cierto? ¿No mentía? ¿Se había confesado de
verdad? Pellizque mi mejilla y dolió, bastante. ¡Bendita realidad! ¿Podía,
entonces, abrazarle? ¿Darle mi corazón y que lo protegiera?
-¿Estás
sorda?-suspiró. Pestañeé un par de veces y me tiré a sus brazos. Le achuché con
toda mi alegría y él me besó la coronilla. Fije mis ojos en los suyos y sonreí.
-Te
amo-musitó en mi oreja, escondiéndose de mi mirada.
-¿En
serio?
-Muy
en serio-y sus labios me atraparon como horas atrás, recubriendo mi boca como
el chocolate caliente sobre un pastel. No dudé en negarle nada y olvidé que
significaba respirar. Su lengua ocupó su lugar y me acarició sin reservas, con
una pasión encendida, recién adquirida.
Jamás
pensé en enamorarme y menos de alguien como él, de su raza. Habría un sinfín de
problemas, no obstante, los afrontaríamos juntos, mirando al miedo de cara.
Salimos
del parque cogidos de la mano, sonriéndonos y encaminándonos al mañana con
valor. Nunca soltaría esa mano. Lo prometo.
II-Parte
Si alguien me hubiera explicado que sería así de feliz, me habría
declarado mucho antes.
Solo una semana corrió a través del calendario, veloz y alegre,
sin problemas, con pasión.
Leo apartó de su corazón el glacial que le mantenía alejado del
resto y demostró ser cariñoso y atento. Disimulábamos en el instituto, aunque
pasábamos todas las comidas juntos, en el patio de las pellas.
Era un sábado soleado, casi veraniego. Leo me pidió una cita para
enseñarme un lugar que a él le agradaba. “Mi rincón secreto”, me había
confesado un día atrás.
-Nuestra primera cita-sonreí soñadora y me arreglé el cabello como
acto reflejo.
-¡Violet!-llamó una voz y saludé al dueño-¿has esperado mucho?
-Para nada-le cogí la mano y comenzamos a andar-y bien, ¿dónde
vamos?
-Sorpresa-respondió algo disgustado-por culpa de Dorothy he
llegado tarde.
-No te preocupes. Si acababa de arribar-le pellizqué la mejilla
hasta sonsacarle una sonrisa arrebatadora-mucho mejor.
Él me besó el revés de la mano y continuamos en silencio, cómodo,
apacible, dulzón.
La marcha prosiguió hasta la salida de la ciudad, dando comienzo a
unos campos floreados y policromados.
-¿Ves aquél árbol?-preguntó señalando uno bastante visible.
-Para no verlo-reí.
-Ese es mi pequeño rincón. Normalmente voy al parque de al lado de
casa, pero cuando quiero evadirme de verdad…-nos acercamos al árbol gigantesco
y lo miró con cierto cariño-este es el lugar.
-Me encanta-confesé-es maravilloso, Leo. Gracias por mostrármelo.
-Es lo menos que podía hacer-me guiñó el ojo y me besó.
Corrimos por el pequeño valle, perfumado con las flores y
embriagando a nuestra mente con los colores variados de la estación en la cual
nos hallábamos.
Nos tumbamos en la tierra, una vez exhaustos, y cerré los ojos
para que el sol bañara mi rostro.
-Es un sitio precioso. Se respira la paz por doquier-percibí la
caricia en mi cara y creí encontrar el paraíso.
-Ven cuando desees. Te lo cedo-noté sus dedos entre mi cabelló y
el éxtasis me dominó por completo.
No recuerdo exactamente cuándo cerré los ojos y Morfeo me
secuestró para formar parte de su seno, sin embargo, al abrirlos el sol casi
estaba desapareciendo.
-¿Dormiste bien?
-¿Eh?-me di cuenta de que ocurría y me avergoncé-¡Oh, lo siento!
No quería…
-Hablas en sueños-me explicó-susurrabas mi nombre.
-Mentira. He soñado que me hacías la vida imposible-bromeé y él
palideció por completo.
-Sabes que lo haré-dijo seriamente-es egoísta…
-¡Ya hablamos sobre ello! ¡Lucharé a tu lado, por ti! ¡Por
nosotros, por lo que tenemos!-grité casi encolerizada. Ese tema había quedado
zanjado.
-Si tú estás a mi lado me siento capaz de todo-musitó con una
media sonrisa en los labios.
-Entonces me estaré contigo para siempre-agarré su mano y le besé
la mejilla fugazmente-debería volver…
-Será lo mejor-nos levantamos a la vez y buscamos nos buscamos con
la mirada. Mi corazón amenazaba con abandonarme y explotar como una eficaz
bomba de relojería. Sus labios me atraparon y su besó fue tan salvaje como él
mismo.
Nos
despedimos a mitad de camino con un tierno beso.
-Mañana
no podré quedar-musité-limpieza general.
-No
importa-me acarició la cara y sonrió-aprovecharé para limpiar yo también.
-Estupendo-nos
abrazamos y cada cual siguió su ruta. Mi madre me esperaba con la comida lista,
sobre la mesa.
-¿Qué
tal con Angie?-preguntó sentándose para cenar.
-Normal,
como siempre-mentí. Mi pobre progenitora no podía enterarse sobre mi relación
con un clon. En realidad, nadie lo sabía…aún.
-Está
todo muy rico-susurré cuando ella cayó en un repentino silencio.
-Oh,
gracias Violet. Me iré ya a dormir, no me encuentro demasiado bien…-recogió su
plato y se esfumó a su habitación.
-Qué
extraño, nunca se va así, sin más-acabé la cena con cierto mal sabor de boca y
fregué el plato.
Rondaba
por mi cabeza la imagen borrosa de un espíritu pasado. De mi primer amor, del
hombre que una vez me prometió nuestro propio paraíso.
-Nathan-su
nombre huía de mis labios, evaporándose junto al aire-¿me estarás viendo? ¡Oh,
Nathan, no sabes…no sabes cuantas veces he suplicado estar contigo!-la frialdad
de una lágrima hicieron que me diera cuenta que hacía rato que lloraba-Te amo,
todavía, después de tantos años. Después de haberme casado con Joseph-la triste
imagen de mi marido me golpeó y me sentí aún peor-él que tanto me quiso, me
protegió, me otorgó la ilusión de ser madre…y yo…y yo nunca logré quererle como
hice contigo.
Agarré
el libro de mi mesita y saqué aquella vieja foto que tanto me dolía. Su cabello
negro, su sonrisa apagada, sus ojos de aquél verdoso tan reconocible. Ahora
todos los clones tenían ese mismo color, en honor al primero.
-Nathan-abracé
la imagen y la besé-dentro de poco será tu aniversario. Compraré tus flores
favoritas y arreglaré tu tumba, como cada año. Buenas noches, cariño. Te echo
de menos-guardé la fotografía, junto con algunas más, de nosotros dos y de…de
mi marido.
Alto,
castaño, ojos marrones…igualito a Violet. Le encantaban los deportes y era un
científico de renombre, como su padre, un buen amigo del mío. Posaba sonriente
con la pequeña Violet, de pelo largo y tímida sonrisa.
-Joseph…lo
siento en el alma. Te avisé que conmigo jamás serías feliz, aunque dijeras
continuamente que sí…-giré aquél trozo de papel para leer la inscripción-“Esto
no es culpa tuya. Fui feliz, lo juro. Cuida a Violet. Te amaré hasta en el más
allá, aunque no sea yo a quién busques. Hasta siempre.”
Recordé
una habitación oscura, iluminada por el paso de los coches. Violet estaba con
su abuela, ya que Joseph y yo saldríamos a celebrar su ascenso. Me marché una
media hora, para comprar maquillaje y medias. Grité su nombre varias veces,
hasta que decidí investigar el piso. El salón-cocina, el estudio, los dos
baños, hasta abrir la puerta de nuestra habitación y…….y……
Colgaba de su corbata
preferida, de color rojo chillón. Se había enfundado con su mejor ropa, junto
con los zapatos de piel. Tenía los ojos abiertos, la boca deformada y aún
quedaba rastro de sudor en su frente. Me encaminé al baño, vomité y comencé a
llorar.
-"Muerto"-me
dije-está...-llamé de inmediato a una ambulancia y a la policía, que no
tardaron mucho en llegar.
Una
bolsa negra envolvía el cuerpo de lo que un día había sido mi marido. Los
vecinos no tardaron en salir al ver las luces, de los coches de policía,
reflejadas en sus ventanas, traspasando las cortinas de algodón.
Yo me
hallaba en el salón, aguantándome la cabeza y sin creer lo que estaba pasando.
Joseph se había largado. Sola. Sola. Violet. Sola.
-Señora-oí
la voz de un hombre, pero no reaccioné. ¿Qué le contaría a Violet? Nunca debía
saber la verdad.
-Señora-repitió
la voz-¿Sabe por qué lo hizo? ¿Alguna idea?
-No-respondí
secamente. Atesoré la foto con sus últimas palabras. Eran mías, de nadie más.
-¿Alguna
pelea? ¿Mala economía?-siguió insistiendo y suspiré.
-Todo
va bien, o eso pensaba. No discutíamos mucho, el típico enfado de pareja que se
arregla en dos minutos-guardé silencio y proseguí-económicamente, no somos
ricos, pero llegamos a fin de mes.
-Entiendo.
Entonces no hay ningún motivo por…
-No-contesté-a
mí no me lo dijo. Solo lo sabría él.
-De
acuerdo. Si recuerda algo, llámenos-me entregó una tarjetita blanca con unas
impecables letras impresas.
Y
todos se fueron yendo a medida que las horas transcurrían. Janice, una de mis
mejores amigas que vivía en el piso de abajo, vino a hacerme compañía. Hizo té
y alo para comer.
-Ha
sido un palo-musitó-no lo negaré. No te preocupes por la pequeña, yo te ayudaré
en todo.
-Quiero
irme de este lugar-concluí tras un largo delirio-no puedo vivir aquí, con su
imagen en la cabeza…
-Por
supuesto. Mi primo quiere vender su casa. Está a las afueras, en un barrio muy
tranquilo. Allí criarías bien a Violet-sugirió y asentí-y por el
trabajo..bueno, hablando fríamente, te quedará una buena paga de viudez y si
necesitas más dinero, siempre puedes trabajar de canguro-Janice fue siempre muy
objetiva, buscando cosas buenas entre lo peor de la vida.
Al
cabo de un mes ya estaba instalada en la nueva casa. Le expliqué a mi niña que
su padre había dejado este mundo en un trágico accidente y encerré la
fotografía de la verdad entre las páginas de un viejo libro, junto con las de
mi antiguo amante.
Los
dos hombres de mi vida habían muertos antes que yo, abandonándome con un
sufrimiento que atacaba a mi razón. Las fuerzas se apagaban día tras día y lo
único que me mantenía viva era la brillante sonrisa de mi hija, mi significado
en el mundo. No la podía dejar sin madre y lo más importante era su felicidad.
Eso y evitar que cometiera mi error, enamorarse de un clon.
Aún
notaba los labios de Leo recorriendo los míos. Su media sonrisa incrustada en
mi mente, sin lograr borrarla. Su cabello de cedro que siempre olía a menta y
sus ojos de ese color tan especial.
-Leo…-susurré
y caí dormida, entre nubes vaporosas, que escondían las afiladas espinas que el
futuro me ofrecía.
Tal y como acordamos, hicimos limpieza aquél domingo tan caluroso.
Regiré la habitación, tiré la ropa vieja que nunca más volvería a ponerme y
saqué el uniforme de verano.
-Mama-grité desde mi habitación-¿guardamos las revistas o las
empaqueto con la basura?
-Ponlo para reciclar-contestó sin ánimo. Había estado como un
zombi, paseándose por la casa como alma en pena, sin brillo en los ojos y medio
sumida en su mundo.
El
día pasó sin grandes sobresaltos (para no decir ninguno), moviendo los muebles,
buscando polvo en los rincones más difíciles y tirando basura en grandes
cantidades.
-¡Estoy
muerta!-suspiré y me lancé de lleno al sofá.
-Muerta…-musitó
ella sentándose a mi lado-muerta.
-¿Mama? ¿Estás bien? Hoy has estado…-pero ella me tapo la boca y
negó con la cabeza.
-Me voy a dormir. Hoy no ha sido una buena semana-se levantó, con
paso lento y subió las escaleras como un fantasma, sin vida alguna.
Lyne me llamó para que fuera a su casa, tenía algo muy importante
que decirme y no podía esperar hasta mañana, a nuestra hora de práctica.
Su casa se encontraba un poco lejos de la mía, así que llegué un
poco tarde, porque no me encontraba con ganas de aligerar el paso. Cuando piqué
al timbre y abrió la puerta, comenzó a saltar.
-¡Violet!-gritó y me abrazó-¡Violet, Violet!-su alegría era obvia.
-Lyne, cálmate y explícame que es eso tan importante.
-Primero a mi habitación, rápido-me cogió la mano y casi me
arrastró hasta alcanzar el segundo piso.
-¡No te lo vas a creer!-dijo cerrando la puerta tras ella.
-¿Creerme? ¿Qué debo creerme?-me senté y ella me sonrió,
emocionada, feliz.
-¿Recuerdas el clon de mi trabajo?
-¿Cedric?-respondí y asintió-¿Qué pasa con él?
-¡Adivina!-chilló con constancia-¡Adivina!
La miré unos segundos y tragué saliva. Lyne también estaba
saliendo con un clon. Ella también pasaría por lo mismo que yo, por un futuro
no grato, cargado de un dolor inimaginable. Yo estaba preparada para ello, sin
embargo, ¿Lyne lo estaba? No quería que sufriera…
-¿Violet?-preguntó al verme tan sumida en mi mundo-¿Lo adivinas?
La contemplé sin atreverme a decir nada, con las palabras en la
punta de la lengua y la amargura recorriéndome el pensamiento.
-¿Estás saliendo con él?-Lyne se tiró a mis brazos en confirmación
de la respuesta y yo suspiré-¿desde cuándo?
-¡Desde hoy!-dijo triunfal-estábamos recogiendo las cosas y
entonces noté que me miraba-cogió aire y prosiguió-a la salida, le esperé y…
¡me confesé!-los ojos le brillaban por la emoción y reprimí una sonrisa.
-Te diría que me alegro-musité-pero…
-¡No digas nada!-me puso los dedos en los labios y negó con la
cabeza-sé que va a ser duro. Lo más duro que viviré nunca, sin embargo, si hay
una posibilidad, por mínima que sea…quiero estar a su lado.
-Lyne…-musité y ella repitió aquél gesto de negación-de acuerdo.
Entonces yo también tengo algo que contarte-carraspeé un poco y respiré. Las
dos íbamos en el mismo barco, un barco que estaba destinado a sumergirse. Quizá
podríamos sobrevivir con algún bote salvavidas, pero las perspectivas eran
mínimas.
-¿Contarme? ¿Qué?-me cogió de las manos y me escudriñó-vaya, creo
que sé por donde van los tiros…
-Estamos en la misma situación-sonreí y le acaricié la
mejilla-vamos a sufrir como nunca, Lyne.
-Lo sé, Violet. Sin embargo, yo me siento capaz de todo si estoy a
su lado-sus ojos no mentían y realmente parecía bastante segura de lo que el
futuro le esperaba. Nos esperaba.
Aquella noche dormimos cogidas de la mano. Me levantaría un poco
más temprano para ir a mi casa y vestirme con el uniforme, rumbo al instituto.
Pero esa noche no la dejaría sola, ni ella tampoco a mí.
El sol me deslumbró antes de que sonara el despertador. Lyne ya
estaba casi arreglada para ir al instituto (con un uniforme nuevo) y se estaba
peinando frente al tocador.
-¡Date prisa o llegarás tarde!-enfatizó haciéndome salir de la
cama-menos mal que te trajiste el uniforme.
-Sí. A ver quién es el listo que va ahora a mi casa-reí sin ganas,
me cambié y me arreglé un poco el cabello.
-Deberías dejártelo largo-me aconsejo-está tarde, después de las
practicas, vamos a la peluquería a que te pongan extensiones.
Puse mala cara ante aquél comentario, pero me resigné. Hacía mucho
que no llevaba el cabello largo y quizá un cambio de imagen me iría bien.
Desayunamos casi engullendo la comida y nos despedimos en la
puerta de su casa, porque cada una cogía caminos diferentes (bueno, Lyne el
autobús)
-¡Nos vemos esta tarde!-tomó el bus y yo marché corriendo.
Me encontré con Angie en el lugar de cada día. Su sonrisa
brillaba con luz propia, dando envidia al mismísimo Sol.
-¡Buenos días!-dijo con entusiasmo-¡Ha sido un finde
fantástico!-comentó antes de que pudiera preguntar nada-David es….es…-y así
comenzó a explicarme lo maravilloso que era su novio, lo mono que era, lo
caballeroso y cariñoso que se mostraba con ella, etc.
Con ese ritmo incansable arribamos al edificio rojizo y
acristalado que tanto odiábamos. Leo me esperaba en la puerta, con aire
ausente, como no.
-Ei-saludó al acercarme-¿dormiste bien?
-De maravilla-contesté con una amplia sonrisa y Angie nos
escudriñó-puedes adelantarme, ¿Angie? Luego te alcanzo-ella bufó como respuesta
y siguió el camino hacia clase.
Leo me dedicó media sonrisa y me acarició el cabello. Aquello me
sobresaltó, aún no estaba acostumbrada a ese contacto tan directo.
-Pensaba en hacer pellas-musitó sin apartar su vista de mi
pelo-¿te apuntas?
¿Qué otra cosa podía decir excepto “si”?
Nos escapamos al patio de atrás, donde todos los alumnos se
quedaban cuando las clases eran demasiado para ellos. Estaba desértico y una
vieja radio se oía desde un aula vacía.
-“Música de ayer y hoy, los grandes éxitos aquí, en Avoc FM”-decía
la voz masculina del aparato-“aquí os dejamos con una nueva canción del grupo
T-Max, que está arrasando en nuestras listas, Paradise”-una melodía de piano
comenzó a sonar, para más adelante romper con una voz masculina.
-¿T-Max?-me
pregunté mientras me tumbaba-no me suena…aunque la letra…-Leo y yo nos callamos
para escuchar la letra de aquella canción misteriosa.
“Casi
el paraíso.
Tu amor hacia mí es más brillante que la mañana
Siento como si tuviera todo en el mundo
En mi vida
Viniste a mí como un sueño en medio de tiempos difíciles
Si sólo pudiera amarte por siempre
Sostengo tu mano y grito al mundo
Lo prometo al cielo
Serás mi único amor, para siempre
Nuestro sueño brilla como luces en el cielo nocturno, paraíso.
Puedo ir a cualquier lugar mientras esté contigo
Hacia mi paraíso
Olvida los momentos en que sufriste y te hirieron
Es sólo el comienzo para nosotros
Vamos, corramos
Amándote por siempre.
Casi el paraíso
Tus ojos se sienten más cálidos que el sol mientras me miran
Siento como si tuviera todo en el mundo
En mi vida
Tu amor vino a mí como un rayo de esperanza en el medio de mi cansancio
Si sólo pudiera conservarlo por siempre
Todo mi amor
Toda mi vida
Te amo con todo mi ser
Nuestro lugar es como el océano azul, paraíso.
Puedo ir a cualquier lugar mientras esté contigo
Hacia mi paraíso
Olvida los momentos en que sufriste y te hirieron
Es sólo el comienzo para nosotros
Vamos, corramos
Amándote por siempre.
Tu amor hacia mí es más brillante que la mañana
Siento como si tuviera todo en el mundo
En mi vida
Viniste a mí como un sueño en medio de tiempos difíciles
Si sólo pudiera amarte por siempre
Sostengo tu mano y grito al mundo
Lo prometo al cielo
Serás mi único amor, para siempre
Nuestro sueño brilla como luces en el cielo nocturno, paraíso.
Puedo ir a cualquier lugar mientras esté contigo
Hacia mi paraíso
Olvida los momentos en que sufriste y te hirieron
Es sólo el comienzo para nosotros
Vamos, corramos
Amándote por siempre.
Casi el paraíso
Tus ojos se sienten más cálidos que el sol mientras me miran
Siento como si tuviera todo en el mundo
En mi vida
Tu amor vino a mí como un rayo de esperanza en el medio de mi cansancio
Si sólo pudiera conservarlo por siempre
Todo mi amor
Toda mi vida
Te amo con todo mi ser
Nuestro lugar es como el océano azul, paraíso.
Puedo ir a cualquier lugar mientras esté contigo
Hacia mi paraíso
Olvida los momentos en que sufriste y te hirieron
Es sólo el comienzo para nosotros
Vamos, corramos
Amándote por siempre.
Casi el paraíso
Tu amor hacia mí es más brillante que la mañana
Siento como si tuviera todo en el mundo
En mi vida
Viniste a mí como un sueño en medio de tiempos difíciles
Si sólo pudiera conservarlo por siempre
Tu sonrisa angelical llena nuestro jardín
Voy a llenarlo de flores para ti.
Casi el paraíso
Tus ojos se sienten más cálidos que el sol mientras me miran
Siento como si tuviera todo en el mundo
En mi vida
Tu amor vino a mí como un rayo de esperanza en el medio de mi cansancio
Si sólo pudiera conservarlo por siempre
Si sólo pudiéramos amarnos por siempre.”
-Es preciosa-musité tras acabar-es…
-Realmente hermosa-susurró-es justo como me siento.
-Sí, yo también me siento así-sonreí-nuestro paraíso…
-Podría ser está nuestra canción, ¿no?-rió-ya sabes, todas las
parejas…
-¡Me encanta, adjudicada!-le di un beso y después froté mi
mejilla con la suya-¿sabes cuál es mi gran sueño?
-¿Cuál?-preguntó con curiosidad.
-Tal vez te parezca una tontería, sin embargo, siempre he
querido abrir mi propia cafetería-pastelería. Uno de esos sitios donde la gente
va a relajarse, a leer, a tomar café o a hablar con los amigos-expliqué con
ilusión-¿te parece una tontería?
-Creo
que uno debe luchar por lo que quiere y si ese es tu sueño, allí estaré yo para
contemplar cómo se hace realidad, los dos juntos.
-Te
quiero-murmuré agradecida ante aquellas palabras-¿Qué tal si lo llamo
“Paradise”? En honor a nuestra canción, además, queda perfecto con el ambiente
que deseo darle.
-Me
parece estupendo-y así nos quedamos tumbados en la hierba, escuchando la vieja
radio y soñando con un futuro mejor, para todos, para los dos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta si quieres, de ti depende que me interese tu comentario. :3