miércoles, 20 de junio de 2012

Dulce testimonio.

-¿Por qué tomas mi mano con tanta fuerza, como si yo tuviese la respuesta de todo?
-¿Por qué me rechazas? ¿Quieres salir de mi vida, acaso?
-No puedo salir de algo en lo que jamás he entrado.
Miraste por la pequeña ventana, los bordes de la misma estaban desgastados, la pintura desquebrajada y el paisaje que asimilaba era triste, una neblina espesa sobre un campo amarillento, llena de hojas yacientes por el otoño.
-Yo solo te quería hacer feliz ¡Tú no me dejaste! Tuviste miedo...
-No fue miedo, si no despecho.
-¿Despecho a qué? 
-A las acciones humanas. Acciones despectivas y a veces egoístas.
-Amar, amar ama cualquiera, cada animal, cada persona. Viviendo entre sonrisas que iluminan cada una de sus mañanas. Amar es de valientes, ellos saben que en algún momento puede que sufran y sin embargo no se dejan entorpecer o más bien, ¡aceptan su torpeza! Y claro, ¡la espera por saber si se es correspondido ya es una tortura!
-Gente desquiciada que disfruta el dolor.
-No. Gente valiente que se arriesga a que los clasifiquen como desquiciados, ¡justamente! ¿Tu tenías miedo a eso, mi querido cobarde? ¿A verle el lado bueno a las cosas? ¿Te espanta la idea de que puedas encontrar algo bueno en tu caótica vida?
Sus pasos hacia mí eran el único ruido que se escuchaba. Su frente junto a la mía bajo una ola de suspiros y resoplos, su mirada clavada en mis ojos turbios, su mirada fría notaba una mísera contemplación de arrepentimiento.
-No pienso deprimirme por cosas insignificantes, a alimentarme de egoísmo, valorar cosas inexistentes, a vivir de una ilusión...
-Nunca te rompería el corazón, mi egoísmo sería quererte solo para mí y viceversa, me valorarías a mi, y yo existo, estaría a tu lado para que notaras mi existencia, no seria una ilusión, te demostraría cada día lo real que puedo ser.
Giraste tu mirada, volviendo a ver por aquella ventana, como si esperases una respuesta de esta misma.
-No lograrás evitar que los días sean grises ni que las hojas caigan de los árboles.
-Pero lograría hacer que no lo notaras.
-Deja de fingir que no hay motivos para llorar, y aunque caes ante mí, estás ciega en este momento, desearía ya no oler ese empalagoso perfume de rosas.
-No me apartes...
Y con disimulo pretendías no encontrar nuestra mirada.
-Jamás debí anhelar encontrarte.
-Rompiste tu promesa.
-Y tu rompiste mi alma, estamos a mano, madame.
Note que sus sollozos se hacían cada vez más perturbantes, me esforzaba por no abrazarle.
-El violín, esta triste...- Continué, haciendo de mi voz casi un susurro.
-Es un instrumento, un material, no tiene alma ni sentimientos por lo tanto no puede ser como dices
-La música es su alma... Mientras tus melodías sean tristes, el estará triste y tu serás infeliz. Deja que el pasado se borre... Deja que el tiempo se lleve los escombros de cualquier error.
-El tiempo...- Vaciló- el tiempo no curará mis heridas, con tu delicadeza de mujer has sacado lo peor de mí, yo solo pretendía ser un guerrero. O aunque sea un mártir independiente a las emociones humanas.
-Yo solo quería una vida eterna contigo ¡Demostrarte lo feliz que podías ser! Todo eso, juntos...- Sobre mis mejillas las lágrimas parecían resplandecer, digno de una fantasía. Sus ojos servían de espejo para ver lo que nunca pude encontrar en mí para sentirme completa. 
-Déjate de cuentos de hadas, soy feliz ahora.
Me miró con detenimiento y un beso, delicado y mórbido, nos inundó en el silencio. Se limitó a observarme, con una mirada igual que la que se le dirige a un mayordomo, fría pero cordial. 
No supe responder, mi esperanza iba muriendo velozmente, sus ojos se cuajaron, sentí un nudo en la garganta como nunca antes.
-Puedo enseñarte el camino si me dejas, ¿por qué no puedes simplemente perdonar?
No me dejó seguir, puso su dedo sobre mis labios errantes y temblorosos.
-Yo ya te he perdonado. Pero no necesito que me muestres el camino, aléjate del mío, para siempre, y podré ir seguro.

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