martes, 6 de diciembre de 2011

Rocío.

Había una vez una Concubina imperial. Se llamaba Tae Ling. Era una joven china Manchú de ojos negros, muy finos y marcados. Su tez era blanca como el papel más delicado y pulcro. Ella vivía en la calle del Peltre, su familia Ling era de clase baja pero ella se mantenía siempre tan hermosa y recta que parecía sacada de la más preciada mansión de mármol francés.
Ella había sido elegida para ser una concubina pero con el paso del tiempo fue ascendiendo de manera abrupta. Su belleza había cautivado al Emperador Sang Wei tan rápido que en poco tiempo había conseguido pasar de improvisto por los salones de fiesta de Mijo, la fiesta de la cosecha y la fiesta de los 7 dragones imperiales.
Tae Ling estaba en el auge de la popularidad y la belleza a punto de ser ascendida de concubina a Consorte, empezaba a ir a las cenas imperiales con la ropa más fina, con la gente más elegante, los anillos más caros, en los lugares de la aristocracia más elevada, todo era un lujo, pero ella notaba como que era todo muy... Frío.
Cada habitación debía estar alejada 50 metros de otra, más que no se podía salir en verano de los cuartos entre las 12 del medio día y las 6 de la tarde, ya que el sol podía arrugar o manchar las pieles de las jóvenes. Las puertas del Imperio cerraban a las 7, lo que ocasionaba que las concubinas solo disfrutasen un momento del mismo paisaje que veían todos los días.
Al pasar el tiempo se daba cuenta de que estaba lejos de su familia, que La Ciudad Prohibida era más fría que la calle del Peltre y que incluso era fría en verano, se daba cuenta de que estaba sola y de que nadie de los que la ayudaban, la ayudaban por amor sinó por interés, como su prima Yuna Ito, la cual en repetidas ocasiones se hizo pasar por Tae Ling para hacerla matar ante los guardias imperiales. También se daba cuenta de que vivía ahogada en la hipocresía, que cada rostro era otro mundo y no el que aparentaba ser, de que todo era más amargo, inclusive los dulces tenían ese toque de amargura y acidez, la joven no sabía como resistir a esa tortura sin fin, simplemente prefería morir de una vez, ya que no había posibilidad de su libertad, en esa época era sobrevivir o morir.
Y eso fue lo que intentó. El día de su cumpleaños le habían otorgado una noche de fiestas para celebrar sus dieciocho años y su primer año en palacio, así que era una orden (a pesar de ser su cumpleaños) estar bien vestida, perfumada y pulcra para la noche. En cambio, pasó todo el día en una tina de madera tosca cubierta en jugo de limón. Al salir, su piel estaba arrugada, ácida, con un color pálido y áspera.
Se colocó la túnica de razo más fina, los zarcillos más caros y delicados, los zapatos más elegantes y los anillos más extravagantes. Luego, se encaminó a la fiesta pero, como salió tarde ya no quedaban eunucos de compañía. 
Al llegar la gente la observó con desagrado. El emperador estaba estupefacto. No podía creer que estuviese viendo a la mujer de su vida con la piel marchita. Tae Ling caminó hacia donde se encontraba el emperador y se arrodilló frente a el y, con la voz rota, rogó:
-"Si usted quiere que mi cumpleaños sea una fecha memorable para mí y mis ancestros, por favor, haga que mi vida acabe..." 
El hombre, que tanto amaba a aquella hermosa mujer, le dijo entre lagrimas escudriñadas en una fuerza inexistente:
-"Si eso es lo que deseas, te dejaré vivir una vida eterna en el recuerdo, querida..."
Durante toda una noche se mantuvo en crema de cabra y cascaras de naranja para mejorar su piel, la cual recobró ese tono blancuzco brillante y al otro día se encaminó con su eunuco Li Tsu al bosque de Los Pinos Mojados, ahí esperaba el emperador, quién le quitó la vida a la joven con la manera más elegante que consiguió. A base de un veneno, directo, no sentiría ningún dolor, solo marchitaría sus pulmones y su corazón.
Y así consiguió la libertad de su alma, bajo los pinos congelados de rocío.
"Lo único que quedó hasta que el exilio se la llevo al olvido fue una foto rasgada bajo un almohadón de seda."

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