Comienzo:
En ese pueblo, hostil y humilde, vivía una triste pero respetable familia, ese día, se escuchaban los cuchicheos de las mujeres menos pudientes del pueblo alabando una prenda costosa por sus sedas, telas de raso y piedras brillantes combinadas con lujosos zapatos e hilos de oro y plata que destellaban a la luz del sol.
A lo lejos, se podía vislumbrar a una madre indignada que venía a paso veloz hacia donde se encontraba el revoloteo de mujeres.
-¡Yuria! ¡Yuria! ¿¡Cuántas veces eh de decirte que no salgas con un vestido de tantas capas a la calle!? -gritaba eufórica esa mujer, de edad madura, pero bien conservada. De ojos negros, fuertes y narcisos.
-Ninguna más madre mía, vuestra merced no podéis impediros que me vea como una dama refinada.-Exclamó suavemente la joven con el mejor acento español.
-Yuria… Tú debes obedecerme. ¡Me debes obediencia y respeto, eres mi hija!-decía la mujer con la vos esta vez mas acortada.
-No os debo nada, no soy un cachorro que vuestra merced podáis manipularos.-dijo con rectitud.
-¡debes hacerme caso! ¡No estamos en la colonia ni en la campiña de vacaciones, debes comportarte, recordar de que familia provienes y de tus refinaciones de dama aristocrática!-le gritaba con el furor de su garganta.
-os repito, no os debo nada a vuestra merced. Os he hecho feliz desde muchos años con mi presencia y no creo deberos nada. Amo este lugar de gente pobre, aquí la gente no sabe quien soy y me trata como a una persona normal. Mi corazón os ruega que no me hagáis volver a la Porttezuela, nuestro hogar.-rogó con vos dulce y melodiosamente quebrada, su corazón parecía añorar viejos y vagos tiempos del pasado.
-¡a mí me debes tratar con sumo respeto, siempre!-dijo jalándole los hombros hasta el carruaje real, seguido de esa actitud tan imprudente, uso una navaja de bolsillo que todos los nobles portaban como extravagancia y empezó a cortar capas y capas del vestido.
Los gritos de la joven clamando e hipando por su excéntrico vestido se mesclaban con el dolor de su orgullo, su madre le estaba arruinando un vestido que ella había comprado a una costurera de suma humildad.
-¡Estas loca Yuria! ¿¡Pasear con vestidos de colores pasteles!? ¡Que insolente de tu parte!
Al llegar la madre de la joven la asió de las orejas hasta su alcoba, la cual yacía en el 5º piso, intacta y fría.
Al entrar la jaló al vestidor.
-¡Ponte un vestido de colores más castos, eres una jovencita! ¡Anel, tira ese vestido tan espantoso! Y tráeme un té de manzanilla, estoy hasta los pelos de tanta irreverencia.-Le gritó a la sirvienta que se encontraba en la habitación de la muchacha en esos momentos.
La madre se sentó en uno de los sofás y esperó a que su hija de cambiara y a su té. Más tardar, se sentaron ambas. La madre bebía té y observaba por la ventana, y la joven muchacha leía libros que, al viajar, compraba.
Por la gran puerta de madrea entró un niño, de tal cabello negro azulado, labios rosando el rosado celestial y su piel blanca casi como la leche, de unos catorce años con su traje largo y elegante color beige y azul cual denotaba sus profundos ojos azules oscuros y fuertes, entro a casi hurtadillas y así como así interrumpió y su madre y hermana posaron la vista en él.
-Madre, hermana, ruego que disculpen mi insolencia, no debí interrumpir sus quehaceres pero suplico su permiso para ir a ver a Rosa. De paso… Necesitaba hablar de un tema en especial, pero veo que están ocupadas. Así que solo les imploro su consentimiento.-hablo refinadamente, su padre iba a hablarle pero su madre le interrumpió.
-Por supuesto que podéis ir, sangre de mi sangre, esa joven a la cual llamas amada tuya es un ángel. Podéis iros hasta las tres nada más, pero dinos ¿Qué era ese tema que os querías replantearos?-dijo su madre con basta dulzura en su vos.
-¿recuerdan que vos, y mi querido, y que en paz descanse, padre, me habían desposado con la hija del duque de la ciudad hermana para mis diecisiete años?- comunicó- bueno, quisiera, en realidad, quisiéramos Rosa y yo, que quitarais ese tratado con el duque y me esposaran para mis diecisiete con Rosa.-rogó con los ojos tan brillantes que parecía el niño que espera un dulce.
Su hermana, dejó el libro a un lado y basta de furia se acerco nada más y nada menos que para darle una fuerte bofetada que resonó a lo largo de la casa.
-¿¡acaso quieres acabar con esta familia!? ¿¡Acaso no es suficiente que te hayamos permitido quedarte con esas prendas!? ¡Encima de eso, nos pides explícitamente que vayamos a la bancarrota por un capricho tuyo! ¡Largo de aquí Zamus! Vete y descansa esa mente tan joven y arrogante que ahora tienes. ¡Y déjate de fantasear, no existe el amor, lo que sientes solo es una niñería!
El muchacho había dado la vuelta desvaneciendo su sonrisa hasta el punto de casi derramar pequeños cristales líquidos, su madre en cambio, lo sostuvo del hombro y se arrodilló a su lado cuando su hermana ya había vuelto a leer su mediano papiro de sabiduría.
-Zamus, no os debéis preocuparos por vuestra hermana, rindele respeto y sea feliz a la vez, yo os comprendo, sangre de mi sangre.-con un gesto de una leve sonrisa le seco su lagrima que había derrocado su rostro y lo abrazo fuertemente pero con delicadeza.-ahora vallaos a la casa de la joven Rosa y rendidle culto de mi parte a esos bellos ojos negros como la noche que tiene. Que tu hermana solo habla en nombre de su ácida experiencia.
-Se lo prometo, madre sagrada.-dijo sonriendo y marchándose de allí mismo, montando su caballo que compartía con su padre y dirigiéndose a la casa. La madre se quedo sonriendo con dulzura al ver lo grande que estaba su hijo.
-Niños…-suspiró con una sonrisa en sus labios.-Crecéis como la hierba.-al decir esas palabras se dirigió de nuevo a aquel sofá. Su hija la observó de reojo con cierto tez de rabia.
-¿Por qué me miras así?-Exclamó seca y retadora.
-Disculpadme, pero sois una exagerada, querida madre.
-Y si, eres hija mía. A alguien saliste ¿no?-Dijo chistosa, después volvió a sorber un poco de té y todo se fundió en un silencio rotundo.
Mas allá, por unas cuantas calles más lejos, regodeando casi el campo, llega tal joven a tal casa.
-¡Zamus! Nunca tardáis ni un segundo en llegaros a casa, amo vuestra puntualidad.-dijo sonriendo la joven al ver el caballo detenerse.
-Yo te amo completamente.-sonrió algo sonrojado.- Yo sé que no te gusta que tarde Rosa, pero debes dejar ese acento. Hace más de un año que has llegado, ¿cuándo lo dejaras? Mi hermana está igual, llegamos hace ya una semana y sigue así. Por cierto, te manda muchos halagos de tus hermosos ojos y saludos cordiales mi madre.-al parecer, la familia de Rosa era vieja amiga de la de Zamus, tan solo que cuando la madre de Rosa (la duquesa de Marquesí, Marquesí, una de las diez ciudades hermanas) murió, su padre y ella tuvieron que venderlo todo ya que salieron de la nobleza y se tuvieron que mudarse a la ciudad árida de Salabbesa.
-Decidle que es muy amable y… Sí, lo sé Zamus, pero se me hace muy difícil perder mi acento amado, no habéis de saber que no hay día en que no pueda estaros ni un solo minuto sin pronunciaros mi acento adorado. Además no entiendo cómo es que tú, tan fácilmente os perdiste el acento como vuestro padre. ¿Cómo es que no les gusta tan hermoso Acento?-cuestionó suavemente.
-Rosa, yo siempre eh apoyado mi acento, pero quiero acoplarme bien, no me gusta ser diferente y mi padre… El dejó el acento poco antes de morir. Tan solo para que nadie se diese cuenta que venía de las colonias británicas, que la reina Victoria lo había obligado a comandar aquí y que así nadie se diese cuenta de quienes somos, pero ya que murió quedó mi querida madre como condesa, la cual tuvo que abandonar su acento también. Esa es una de las razones por la cual no le gusta que mi hermana salga con joyas y vestidos elegantes a la calle, quiere mantener su elegancia intacta en lo privado, ni que hablemos en acento español central para que no intenten invadirnos. Estamos aquí técnicamente que "camuflados" como gente rica, cuando en realidad procedemos de la aristocracia.- se auto-delató.
*En otro lugar*
No podía dejar de observar ese hermoso jardín desde lo alto. Era tan hermoso... Pero aún así, no se comparaba con el ruido de los niños, con los cotilleos de las ancianas y con los diversos olores a comida de las ventanas. Cada calle de ese pueblito estaba lleno de vida, y, este palacete estaba inerte y congelado, podías gritar que nadie te escucharía, podías hundirte en la depresión y nadie vendría a socorrerte.
Sinceramente, las miradas mas muertas son la de la gente que hace las cosas que me alegran un poco. El cocinero y sus banquetes, el jardinero, la mucama que hace un poco acogedor este lugar. Cada mirada no tenía vida, en lo absoluto. Era en esos momentos en que los veía que me preguntaba... "¿Estaré por siempre aquí? ¿Sumida en la monotonía?" No. Me negaba ante ello. No perdería mi juventud aquí. Yuria era mi nombre, no "jaula de pájaros".
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